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Críticas de Cine

Mar09262017

Last updateMar, 26 Sep 2017 2am

La herida luminosa

La herida luminosa

José Luis Garci (Las verdes praderas, El crack, Volver a empezar) continúa su particular trilogía melodramática —iniciada con Canción de cuna, de Gregorio Martínez-Sierra, y que culminará con El abuelo, de Galdós— con esta adaptación libre de la célebre obra del catalán Josep Maria de Sagarra, galardonada con el Premio Nacional de Teatro en 1955 y poco después llevada al cine por Tulio Demicheli.

El protagonista de la historia es el Doctor Molinos (Fernando Guillén), un prestigioso cardiólogo asturiano de finales de los 50. Liberal y agnóstico, está enfrentado con su mujer, Isabel (Mercedes Sampietro), una amargada beata que no le hace caso desde hace años; y también con su hija, Sor María (Cayetana Guillén), una joven monja misionera cuya vocación ni entiende ni acepta el doctor. Las cosas se complican aún más cuando el Doctor Molinos se enamora de Julia (Beatriz Santana), una bella e independiente compañera de trabajo. Tras vivir un intenso romance con ella, y harto ya de su esposa —que le deniega una separación amistosa—, el doctor decide asesinarla. Pero el destino tiene preparadas unas cuantas sorpresas.

Además de los cuatro implicados, serán testigos de esta creciente espiral de amores, odios y sacrificios la superiora del convento de Sor María, la Madre Benedicta (Julia Gutiérrez Caba), que se afana por renconciliar al Doctor Molinos con su hija, antes de que ésta marche a Ruanda; y las dos sencillas y divertidas criadas de la casa, Escola (María Massip) y Jovita (Neus Asensi), que sufren en silencio e intentan olvidar sus penas escuchando la radio.

Garci dice haber realizado esta película "con la cámara a la altura del corazón". Y, desde esa posición de cámara —a corazón abierto—, la ha dotado de esa serena belleza clásica —larguísimos planos de gran capacidad introspectiva, tempo lento, audaz utilización de la elipsis, una música y una fotografía enormemente evocadoras...—, de esa fascinante dirección de actores —todos están soberbios—, de ese humor sencillo y popular —son antológicos los duelos verbales entre Neus Asensi y María Massip—, de ese entusiasmo y de esa permanente capacidad de asombro que delimitan desde hace años su estilo como director de cine.

Quizá cabe reprocharle que, en su afán de concisión narrativa —sin duda, elogiable—, deja a veces un tanto desdibujado a algún personaje, o al menos retarda en exceso su plena definición. Es el caso de Sor María, que hubiera exigido un mayor tratamiento en la primera mitad de la película, sobre todo teniendo en cuenta su importancia final. También pesan un poco los excesos discursivos de algunos diálogos y la reiteración o el alargamiento de algunas situaciones meramente incidentales
—las propias conversaciones entre las criadas, por ejemplo—, provocados quizá porque Garci se ha dejado llevar por el amor que siente hacia sus personajes.

Estos leves defectos en la planificación final —que podrían haberse pulido con una postproducción más reposada que la que tuvo la película— impiden que la película alcance la rotunda condición de obra maestra de Canción de cuna, pero no ensombrecen demasiado la altísima calidad visual e interpretativa de la película y no afectan para nada a la hondura de su tratamiento de fondo.

La película admite muchas lecturas: como homenaje a los melodramas clásicos de Hollywood; como análisis sociológico de una década de la historia reciente de España —los años 50— querida y odiada a la vez por Garci; como simple ejercicio de estilo a contracorriente del tipo de cine espectacular y primario, dominante en la actualidad; como reflexión sobre el matrimonio y el divorcio... De todo esto hay en la película, aunque, en sus declaraciones, Garci ha tendido a presentarla sobre todo como un melodrama romántico. Pero esta calificación resulta muy discutible. Porque, sorprendentemente, Garci ha reducido la historia de amor entre el médico y Julia a un simple contrapunto, y la trama del intento de asesinato, a un levísimo apunte, más incidental incluso que en la obra original. Y el verdadero cénit se alcanza en la recta final, cuando Garci, tras algunas demoras, afronta los fuertes dilemas éticos de los personajes y se decide a bucear sin escanfandra por los abismos del espíritu. Así que La herida luminosa resulta a la postre sobre todo un melodrama moral y religioso, más cercano —al menos por dentro— a Carl Dreyer, Robert Bresson o Krzysztof Kieslowski que a Leo McCarey, Douglas Sirk o John Stahl.

A tenor de los intensísimos veinte últimos minutos de película, parece como si el principal afán de Garci fuera desvelar el secreto de la vocación religiosa de Sor María, de esa misteriosa luz interior con que Dios ilumina a algunas almas y, a través de ellas, a tanta "gente desvalida que necesita que se le ayude". Tal y como la muestra la película, se trata de una luz a veces incómoda, que inquieta y hasta irrita el alma, porque hace ver con nitidez las sombras de los propios defectos y las fuertes exigencias morales que conlleva la condición humana. En este sentido, Garci no oculta sus propias dudas, por ejemplo respecto a la indisolubilidad del matrimonio. Pero, a la vez, es una luz amable, que lleva a comprender —aunque no a disculpar— a todas las personas, incluso a aquellas que a veces no se comportan como tales, y a descubrir lo bueno que hay en cada uno, también en esos "que no creen en lo que creemos tú y yo". Es además una luz alegre, muy alegre, que alivia como un bálsamo los corazones rotos, sabe sobrellevar la adversidad y hasta permite aceptar la muerte como "la puerta de la verdadera vida", precisamente porque adivina la caricia amorosa de la providencia divina donde muchos sólo ven los hachazos de un destino absurdo y cruel.

En fin, que, a pesar de los cambios, la luz que describe la película es la misma a la que se refería Sagarra: esa luz poderosa que emana de la herida abierta del costado de Jesucristo, y que lleva a algunas personas —"imprescindibles", dice Garci— a entregar su vida a Dios, y, por Él, a los demás, logrando de ese modo "que el mundo sea mucho mejor a través de su sacrificio", que no es una huida sino un compromiso radical, incluso hasta el holocausto. Cuando al final el Doctor Molinos reconoce humildemente —"con ese temblor que nace de la verdad"—, que envidia, que envidia mucho, la fe compacta de la Madre Benedicta y hasta la fe rancia y apolillada de su esposa Isabel, parece que es el propio Garci quien habla.

Hasta en sus vacilaciones, La herida luminosa resulta un valiente desmarque ante tanto escepticismo cínico y paralizante; un rotundo acto de fe en el hombre..., y también en ese Dios, "todo perdón", que "no roba, sólo toma prestado", y llena de luz las vidas, tantas veces en tierras de penumbra, de los seres humanos. J.J.M.

Director: José Luis Garci. Intérpretes: Fernando Guillén (Doctor Molinos), Cayetana Guillén (Sor María), Neus Asensi (Jovita), Julia Gutiérrez Caba (Madre Benedicta), Beatriz Santana (Julia), Mercedes Sampietro (Isabel), María Massip (Escola). País: España. Año: 1997. Producción: José Luis Garci, para Nickel Odeon Dos y Enrique Cerezo P.C., con la participación de TVE. Productores ejecutivos: Luis María Delgado y Valentín Panero. Argumento: Inspirado en la obra teatral homónima de Josep Maria de Sagarra. Editorial: Escélicer. Guión: José Luis Garci y Horacio Valcárcel. Música: Manuel Balboa. Fotografía: Raúl Pérez Cubero. Dirección artística: Gil Parrondo (decorados) y Julián Mateos (ambientación). Montaje: Miguel González Sinde. Cameraman: Ricardo Navarrete. Vestuario: Gumersindo Andrés. Maquillaje: Cristobal Criado. Estreno en Madrid: 21-III-97. Distribuidora cine: UIP. Distribuidora vídeo: Vídeo Mercury. Duración: 95 minutos. Género: Melodrama. Premios principales: Premio Alfa y Omega 1997 a los valores religiosos. Premio ¡Bravo! a Julia Gutiérrez Caba, por su interpretación en la película. Premios Goya 1997: nominación al mejor maquillaje y/o peluquería (Cristobal Criado y Alicia López). Candidata al Premio 1997 del Círculo de Escritores Cinematográficos (CEC) al mejor guión adaptado. Público apropiado: Jóvenes. Contenidos específicos: —.

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