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Críticas de Cine

Dom12082019

Last updateLun, 24 Jun 2019 2am

El niño de Mâcon

The Baby of Mâcon

Peter Greenaway está acumulando fracasos de público y un creciente rechazo de la crítica: el aburrido y pretencioso Prospero’s Book, el gratuitamente escandaloso The Pillow’s Book, y —realizado en 1993— el igualmente pretencioso y gratuito El niño de Mâcon.

El argumento, que se dice basado en un hecho real sucedido en 1650, muestra una ciudad azotada por el hambre y la sequía, por la impotencia masculina, que se supone castigo de Dios por los pecados de la comunidad. Sin embargo, una mujer, a edad insólita, da a luz un hermoso niño. Su ambiciosa hermana (Julia Ormond), físicamente virgen, aprovecha la situación para atribuirse una maternidad milagrosa; de este engaño saca un gran provecho económico. El hijo del obispo (Ralph Finnes), que la acusa de embaucadora, es seducido por ella. Descubierto el engaño, la iglesia local le impone un tan cruel como sórdido e inmoral castigo, y sin embargo se hace cargo del niño para seguir sacando provecho material del crédulo e inepto pueblo.

Estructurada en tres actos, la obra es una representación teatral, ampulosa y barroca, como si de un auto sacramental se tratara, dentro del habitual gusto por la imaginería recargada y excesiva, al que cada vez recurre más Greenaway, y que, si deslumbra inicialmente, cansa hasta el aburrimiento y la irritación, aunque tenga momentos visualmente fascinantes. Esa falta de interés, durante las dos horas de representación, es claramente debida a que la obra es confusa en sus propósitos y en sus fines, que no parecen estar claros ni siquiera en el propio autor.

Buscadamente —lo que todavía aumenta más el distanciamiento—, los actores hablan y gesticulan, con hierático engolamiento, largos y literarios parlamentos, que el pueblo, siempre presente como coro, acepta o rechaza con gritos o repetición de frases, a veces semitonadas.

Junto a la lujosa riqueza de los nobles y eclesiásticos —cortinajes, vestidos, joyas, mesas suculentas...— , la miseria del pueblo: suciedad, harapos, grosería. Y siempre —obsesiva constante en Greenaway—, los desnudos, como elemento decorativo en las clases altas, con sordidez repulsiva en las clases bajas.

En definitiva, una obra de altísimo coste, realizada con un divismo tal que impide a Greenaway no ya tener en cuenta el interés del espectador, sino que no tiene en cuenta siquiera la coherencia y el sentido de la propia obra, ajeno del todo a la posibilidad de la autocrítica y autocorrección. P.A.U.

Director: Peter Greenaway. Intérpretes: Julia Ormond (Hija), Ralph Fiennes (Hijo del obispo), Philip Stone (Obispo), Jonathan Lacey (Cósimo Medicis), Don Henderson, Celia Gregory. País: Gran Bretaña-Alemania-Francia-Bélgica. Año: 1993. Producción: Christoph Habubeiser y Frank Henschke, para UGC, All Arts, La Sept Cinéma, Cine Electra II, Nordrhein Westfalen, Cahnnel Four y Ciby 2000. Presentada por: Kees Kasander. Argumento: Basado en un hecho real acaecido en el siglo xvii. Guión: Peter Greenaway. Música: John Blow, Andrea Corelli, Matthew Locke y Henry Purcell. Fotografía: Sacha Vierny. Dirección artística: Ben Van Os y Jan Roelfs. Montaje: Chris Wyattt. Estreno en Madrid: 20-II-98. Distribuidora cine: Cine Company. Duración: 122 minutos. Género: Auto pseudosacramental. Premios principales: Premio a la mejor fotografía en el Festival de Sitges 1993. Público apropiado: Adultos. Contenidos específicos: V X+.

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