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Críticas de Cine

Mié04242019

Last updateMié, 24 Abr 2019 2am

Hombres armados

Men With Guns

Película a película, John Sayles (Passion Fish, El secreto de la Isla de las Focas, Lone Star) se va consolidando como uno de los mejores, y el más independiente y versátil, de los cineastas norteamericanos actuales. Así lo confirma en Hombres armados, Premio de la Crítica (Fipresci), de la Oficina Católica Internacional del Cine (OCIC) y de la Solidaridad en el Festival de San Sebastián 1997. Se trata de una película dura y desasosegante, cuyo estreno en España coincidió tristemente con el asesinato del obispo auxiliar de Guatemala, Juan Luis Gerardi. Por otra parte, cabe encuadrar este filme en esa tendencia de los últimos años que, frente al cine político, combativo y a menudo maniqueo, de los años sesenta y setenta, ofrece un acercamiento mucho más ponderado a los diversos conflictos político-sociales que desangran desde hace años a tantos países del mundo. Estos títulos, aunque defienden la necesidad de esclarecer los hechos, también los más trágicos, sobre todo propugnan un cese definitivo de la opción por la violencia, en favor de una autocrítica mutua y de una mayor comprensión de las diversas posturas, que permitan la solución negociada de los conflictos.

Cruda realidad e idílica utopía

La película se inspira libremente en la novela La larga noche de los pollos blancos, del judío norteamericano de origen guatemalteco Francisco Goldman. Describe el drama de Humberto Fuentes (Federico Luppi), un prestigioso y acomodado doctor, viudo y próximo a la jubilación, que ejerce pacíficamente en la capital de un país centroamericano no identificado. La mayor satisfacción de su carrera se la proporcionó un programa especial de salud que impartió hace años a un grupo de jóvenes médicos, destinados a las regiones rurales más pobres del país. Ahora, tras un inquietante encuentro fortuito con el mejor de aquellos alumnos, el Dr. Fuentes decide visitar al resto, diseminados en una conflictiva zona indígena, asolada por cruentas luchas entre las guerrillas marxistas, grupos de bandidos y el ejército nacional. El accidentado camino del Dr. Fuentes se cruzará con los de un joven guía, un soldado desertor, un traumatizado sacerdote liberacionista que ha perdido la fe y una chica que quedó muda tras ser violada. A través de estos y otros encuentros, el médico irá descubriendo una dantesca realidad que le era totalmente desconocida y que —como resume la publicidad del film— divide a los hombres en sólo dos categorías: «los hombres armados y los que viven bajo su amenaza».

Sayles recrea este iniciático descenso sin retorno a los infiernos terrestres con su habitual vigor narrativo y visual, y con una espléndida dirección de actores, especialmente meritoria ya que ha respetado el idioma original —castellano, inglés, diversos dialectos indígenas...— de cada uno de ellos. A esto se añade la preciosa y contrastada fotografía del polaco Slawomir Idziak —colaborador de Kieslowski en Azul—, y una inteligente dosificación de los contrapuntos musicales, muy bien seleccionados por el supervisor musical Tom Schnabel —experto en músicas latinas— y magníficamente completados con la partitura original de Mason Daring, compositor habitual de Sayles. Esta sólida integración de talentos permite que, en la rotunda y densa puesta en escena, se equilibren muy bien un frío y cortante verismo y un sugestivo recurso al realismo mágico, desarrollado en la subtrama de intriga en torno a un mítico lugar denominado Cerca del Cielo, idílico paraíso en medio de la selva, todavía no profanado por los hombres armados. Allí se habrían refugiado numerosos indígenas y, quizás, una doctora del grupo de discípulos del Dr. Fuentes.

La responsabilidad de saber

Esta riqueza argumental y formal adquiere entidad dramática gracias a la ponderación y hondura con que Sayles afronta los peliagudos conflictos morales que describe. En este sentido, el cineasta norteamericano se aleja de tópicas visiones ideológicas, y da primacía al retrato honesto y desapasionado de los dramas de los diversos personajes. Así, presenta numerosos elementos de juicio que, sin caer en la disculpa superficial ni en la condena intempestiva, permiten comprender ciertas realidades dolorosas aún presentes en muchos lugares de América Latina y de todo el mundo; desolados parajes al otro lado de la línea de la humanidad, donde lo único importante es sobrevivir cada día, y donde «a la gente no le importan las cuestiones políticas, si son de izquierdas o de derechas, indígenas o blancos; lo único que les importa es que son hombres armados».

Quizá le falte a ratos un poco de aire fresco a este poderoso mosaico de la miseria y de la heroicidad humanas. En todo caso, su aparente déficit de esperanza se suaviza en parte con una decidida apertura a la trascendencia, la más clara en la carrera de este director inconformista, de familia y formación católicas, pero que abandonó la práctica religiosa en su juventud. A través de ella, Sayles ofrece una visión bastante atractiva de la religión católica, tanto en su aspecto de regeneradora social y principal defensora de los derechos humanos, como en su faceta estrictamente espiritual y moral. Esta amplitud de miras atempera la elogiosa imagen que se da de la Teología de la Liberación —quizá incompleta y demasiado comprensiva— y proporciona sólidos fundamentos a los valientes desafíos morales que la película lanza a gobiernos, ejércitos, empresas y ciudadanos de a pie.

En efecto, sin mediatizadas arengas políticas, sin alegatos estridentes y sin ninguna invocación a la venganza, Sayles interpela con dureza al espectador, sobre todo al occidental, con la pretensión de sacarle de su confortable ignorancia y despertar en él la «responsabilidad de saber». Como el propio director ha señalado, «una de las razones por las que muchos evitan saber ciertas cosas es porque no podrían continuar su vida como siempre; su conciencia no les dejaría». Este enfoque explica el perfil casi caricaturesco —y de alta carga simbólica— con que se describe a ese par de ingenuos turistas norteamericanos que no se dan cuenta de lo que pasa a su alrededor, convirtiéndose con su silencio en torpes cómplices del terror. Por otra parte, Sayles logra transmitir plenamente al espectador los fuertes sentimientos de culpabilidad, tanto por acción como por omisión, que reconocen los diversos personajes a lo largo de la película. Una culpabilidad, sin embargo, siempre susceptible de redención, como pone de manifiesto la magistral secuencia en que el brutal ex soldado solicita entre lágrimas la absolución sacramental a esa «sombra de sacerdote» —como él mismo se autodefine— que, tras perder trágicamente el sentido de su ministerio, tendrá una oportunidad, quizá la última, de recuperarlo.

Todo lo dicho convierte Hombres armados en un modelo del cine como vehículo de transmisión de ideas y en una declaración moral de principios frente a tantos conflictos desquiciados por una violencia irracional y por una culpable política de silencio y abstención. «Hombres armados nos muestra cómo el no saber nos hace menos humanos —ha señalado el escritor Francisco Goldman—. Necesitamos historias como ésta para que den vida a los hechos y a la información. La imaginación salvaguarda el futuro reviviendo la memoria y el pasado, y nos advierte que la opción del silencio y del no saber tiene consecuencias universalmente fatales.» Una reflexión muy apropiada ante los difíciles procesos de paz y democratización de tantos países en América Latina, África, los Balcanes o el Sudeste Asiático. J.J.M.

 

Director: John Sayles. Intérpretes: Federico Luppi (Doctor Humberto Fuentes), Damián Delgado (Domingo, el soldado), Dan Rivera González (Conejo, el chico), Tania Cruz (Graciela, la chica muda), Damián Alcázar (Padre Portillo, el cura), Mandy Patinkin (Andrew), Kathryn Grody (Harriet). País: Estados Unidos. Año: 1996. Producción: R. Paul Miller y Maggie Renzi, para Lexington Road Productions y Clear Blue Sky Productions, en asociación con The Independent Film Channel y Anarchists’ Convention. Argumento: Inspirado libremente en la novela La larga noche de los pollos blancos, de Francisco Goldman. Editorial: Anagrama. Guión: John Sayles. Música: Mason Daring. Supervisor musical: Tom Schnabel. Canciones: Toto la Mompo Sina. B.S.O.: Ryko/Nuevos Medios. Fotografía: Slawomir Idziak. Dirección artística: Felipe Fernández del Paso. Montaje: John Sayles. Estreno en Madrid: 24-IV-98. Distribuidora cine: Musidora. Duración: 128 minutos. Género: Drama político-social. Premios principales: Premio de la Fipresci, de la Oficina Católica Internacional del Cine (OCIC) y de la Solidaridad en el Festival de San Sebastián 1997. Candidata al Globo de Oro 1998 a la mejor película en habla no inglesa. Premio Alfa y Omega 1999 al mejor guión adaptado. Público apropiado: Jóvenes-adultos. Contenidos específicos: V S D.

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