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Críticas de Cine

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Hamlet

Hamlet

Desde hace años, las obras de William Shakespeare vuelven a estar de moda como fuente de inspiración cinematográfica: los Hamlet de Zefirelli y Gabriel Axel, Otelo, Ricardo III, Looking for Richard, Sueño de una noche de verano, Noche de Reyes, Romeo y Julieta... Gran parte de la culpa de este fenómeno la tiene el actor y director norirlandés Kenneth Branagh.

A sus 38 años, Kenneth Branagh (Belfast, 1960) ya ha dirigido el Royal Shakespeare Theatre, ha sido reconocido como uno de los mejores actores de teatro del mundo y se ganado un merecido prestigio como director y actor de cine. Ahí están sus películas Enrique V, Morir todavía, Mucho ruido y pocas nueces, Los amigos de Peter, Frankenstein y En lo más crudo del crudo invierno. Ahora ha afrontado su proyecto más ambicioso y querido: la primera adaptación fílmica completa de Hamlet, la obra más larga y emblemática del dramaturgo inglés, y la que marcó en su juventud el futuro destino del propio Branagh. La película se ha distribuido en dos versiones: una de cuatro horas, con la versión íntegra del drama shakespeareano; y otra abreviada —dos horas y media— para el gran público. No hay punto de comparación; es infinitamente mejor la versión completa, y de ella hablaremos.

Ambientada en el siglo XIX, la película ofrece numerosos alicientes: un apabullante reparto, con protagonistas de gran nivel y jugosas apariciones de veteranas estrellas; la luminosa belleza de la fotografía de Alex Thomson y de la dirección artística de Tim Harvey, resaltadas por el espectacular formato de 70 mm. en que ha sido rodada; una preciosa partitura de Patrick Doyle, colaborador habitual de Branagh; la puesta en escena de éste —siempre inteligente y a ratos muy brillante—, que supera el desafío de mantener atento al espectador durante más de cuatro horas...

Ciertamente, a veces el estilo resulta un tanto ampuloso y teatral, y no logra la plena conexión dramática con el espectador. Es lo que sucede en las apariciones del espectro, seguramente inspiradas en el estilo histriónico del teatro kabuki, ya empleado por el japonés Akira Kurosawa, con mayor eficacia, en sus acercamientos a Shakespeare: Trono de sangre, Kagemusha y Ran. En todo caso, desde el punto de vista formal y, sobre todo, interpretativo, Hamlet es una película de gran calidad.

Sin embargo, su principal aportación consiste en enfrentar al público actual  
—mal acostumbrado a la impuesta ligereza de la televisión o de cierto tipo de cine pensado para el consumo de palomitas— con los fuertes conflictos morales que plantea en su obra el dramaturgo inglés. "Pienso que en este agitado final de siglo y de milenio —ha señalado Branagh—, hay mucha gente que está intentando encontrar algo, algún camino para ser feliz y lograr la paz interior. Pero, a la vez, ha dejado de lado la religión, por lo menos la religión formal. Por eso, hoy la obra de Shakespeare es más actual que nunca, pues apela a una espiritualidad que debemos redescubrir". No sé si es del todo correcto hablar de una apelación a la espiritualidad... Es verdad que en Hamlet —como en todas las obras de Shakespeare— se habla del sentido trascendente de la vida —"No olvido que hay una providencia especial hasta en la caída de un gorrión", dirá Hamlet—; e incluso de la necesidad de la oración —"¿Y qué fuerza tiene la oración, sino la doble virtud de prevenir nuestra caída y de perdonarnos cuando caemos?", dirá Claudio—. Pero quizás el fundamento religioso de las obras de Shakespeare es un tanto limitado. Así lo cree el propio Branagh: "En Hamlet la religión está presente, aunque quizá Shakespeare no da mucha importancia a las estrictas relaciones de la gente con Dios. Shakespeare indaga más bien en los propósitos internos, en las ansiedades del hombre y en esa búsqueda de respuestas que lleva a la gente a encontrar a Dios dentro de ellos. En parte, mi película trata de recordar que Hamlet había perdido ese enfoque trascendente". En cualquier caso, el director norirlandés emplea abundantemente la iconografía religiosa en su película; de hecho, una de las secuencias más intensas se ambienta en una sacristía, con un confesionario como elemento dramático.

Al margen del citado debate sobre la entidad del acercamiento de Shakespeare a la religión, al ver la película vuelve a sorprender la lucidez y el vigor de la apelación al sentido moral que fundamenta su disección de las complejas entretelas del alma humana, sobre todo a un nivel pasional: sus debilidades, sus contradicciones, sus tragedias íntimas, y también sus grandezas. Como ha señalado el propio Branagh, "Shakespeare presenta todas las grandes cuestiones morales de un modo crudo, muy desnudo y muy honesto, de modo que resultan bastante inquietantes". En efecto, tan certeros y descarnados son los dardos verbales que lanza Shakespeare que a veces hasta resulta incómodo escucharlos. Porque, detrás del tópico "Ser o no ser, ésa es la cuestión", hay mucho más. Por ejemplo, toda esa inquietante referencia al "temor al más allá, esa tierra inexplorada de cuyas fronteras ningún viajero vuelve"; un temor que impele a no huir cobardemente, "armarse contra un mar de adversidades" y "soportar los azotes e injurias de este mundo, el desmán del tirano, la afrenta del soberbio, las penas del amor menospreciado, la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo, los insultos que sufre la paciencia".

Quizá el tema principal de reflexión de la obra sea el sentido de la culpa que, como ha señalado Branagh, "es rechazado e ignorado en este final de siglo XX, dominado por esa especie de palabrería superficial, con su vocabulario psicologista post-freudiano y sus terapias de psiquiatría amateur". Shakespeare resume ese tema central en aquel grito desgarrado de Hamlet: "Los actos criminales surgirán a la vista de los hombres aunque los sepulte la tierra". Su propia madre, la reina Gertrudis, le dará la razón: "Tan influida de celoso recelo está la culpa, que se condena a sí misma ante el temor de que los demás la condenen". Y lo mismo hará su tío Claudio, el rey asesino y usurpador, en su maravilloso monólogo sobre la necesidad de reconocer la propia culpa y de sanarla para recobrar la paz: "¿Puede alcanzarse el perdón cuando se retienen los frutos de la culpa?". Le darán la razón a Hamlet..., aunque sus manifestaciones de arrepentimiento no se transformen en propósitos de mejora: "Vuelan mis palabras a lo alto, pero no dejan la tierra mis pensamientos —reconoce Claudio—: palabras sin pensamiento no llegan al Cielo". Aunque a la vez también levante acta de la dignidad humana y del valor de la integridad moral —"¿Podría la belleza tener comercio mejor que con la honestidad?", dirá Ofelia—, Hamlet resulta más bien una dura radiografía de la bajeza humana.

Todo este rico material dramático lo trata Kenneth Branagh con profundidad y exquisito respeto —más bien admiración—, sin concesiones a lo fácil. Sin embargo, resulta cuando menos discutible su desmitificador retrato de Ofelia, que pierde la inocencia y la virginidad que casi siempre se le habían atribuido en las representaciones y adaptaciones de la obra de Shakespeare. Para Branagh, "el texto de la obra de Shakespeare apoya la idea de que Ofelia mantenía relaciones físicas con Hamlet; que precisamente ese amor apasionado, y no sólo intelectual, es la clave determinante de la tragedia posterior". Este enfoque es discutible, no tanto por los escarceos sexuales que Branagh introduce en la película —leves y muy fugaces—, sino sobre todo porque resta entidad y nitidez moral a las fortísimas invectivas que Hamlet lanza más tarde a su madre, por haberse dejado dominar por la lujuria hasta el punto de asesinar a su propio marido. En cualquier caso, éste sería un defecto menor en una película de gran calidad formal y que enfrenta al espectador con realidades a menudo culpablemente olvidadas —el pecado, la traición, el arrepentimiento, la virtud...— que interpelan a gritos a la conciencia. J.J.M.

¡TANTO SHAKESPEARE...!

Siempre he creído —en mi relativo siempre— que hay en esta época, y más en estos años, una sobrevaloración de la obra de Shakespeare. No me refiero a los comentarios de textos, los que, en definitiva, suelen quedar en su mayor parte olvidados. No dejan de ser apreciaciones muy individualizadas, que, salvo genialidad igual o superior a la de Shakespeare, no aportan más que erudición banal, estadística boba o miméticos efluvios de vano estructuralismo, psicologismo, o de la insuficiente filosofía del lenguaje. El genio que lee a otro genio suele tomar pie de él —o incluso de un libro vulgar— para escribir cosas valiosas, esas que se hacen clásicas, porque hay en ellas algún valor permanente, o porque hablan del hombre en su realidad completa, es decir, en su realidad de criatura.

Cabe juzgar de modo semejante la obra musical, fruto —por así decir— de la lectura de una obra de Shakespeare; Romeo y Julieta de Prokofiev me parece una genialidad paralela, quiero decir, que no le debe nada a la obra dramática: es otra cosa a partir de ella. O el Coriolano. También sucede lo mismo con la pintura; pero no recuerdo ningúna obra plástica genial, que parta de una obra de Shakespeare.

Más directamente que en otras artes pervive sin embargo la obra de Shakespeare en el teatro, más propiamente; y también en el cine.

Cultura más que religión

Puesto que la aportación que Shakespeare hace a la humanidad se mueve casi sólo en el ámbito de las pasiones humanas, y éstas tomadas en sí mismas, como una realidad en sí, o desligada, no tratan las obras de este dramaturgo del hombre como criatura, tal como señalé antes. Sus referencias al origen y destino eterno del hombre, cuando las hay en sus personajes, son adjetivas o formales, no afectan hondamente al tema que trata y desarrolla en sus argumentos de situación extrema; ni a la vida de sus personajes —configurándolos, digo—. Ni tampoco en su gran poesía: los sonetos de amor, aunque provinieran en lo vivido del amor oscuro —como dicen algunos investigadores—, lo que está escrito, tan depurado e irreferencial, es una magnífica muestra humana de cualquier amor humano por lo humano.

No sin razón, a lo largo de los siglos se han ido motejando en la línea de lo psicológico o de las pasiones humanas sus grandes tragedias: Hamlet o la duda, Otelo o los celos, Macbeth o la ambición, etc.

Hoy, pues es un clásico, se representa a Shakespeare en teatro, y mucho en el cine. Ninguno de los grandes directores y actores cuyas películas conozco han dado un vuelo religioso —no han podido verlo, no lo hay— a sus puestas en escena, realizaciones o interpretaciones: el Hamlet de Laurence Olivier, las soberbias películas de Orson Welles, el Macbeth de Roman Polanski, las versiones de Franco Zefirelli, sobre todo su académico y tímido Hamlet, ni, menos aún, en la espantosamente inhumana figura de Ricardo III, en la reciente película de Richard Loncraine, magníficamente interpretada por Ian McKellen.

Introduciría una ligera salvedad en la nueva versión de Romeo y Julieta de Baz Luhrmann, tan denostada. Quizá denostada porque actualiza bien, y recrea, sobre todo recrea, esta obra de Shakespeare, porque lo habitual hasta ahora ha sido mantener una rara y sospechosa tradición académica. Mi sospecha estriba en que se han tratado las tragedias de Shakespeare al modo de un texto inspirado, divinamente inspirado.

Representar a Shakespeare como si de un absoluto se tratara es realizar un acto idolátrico (podría serlo), no una representación libre, verdaderamente inteligente, de la criatura que es el hombre. Tanto más cuanto que la obra de este dramaturgo vuela bajo respecto a la Altura. Por tanto, más que sobrevaloración de la obra de Shakespeare, se trata de una absolutización, de hacer de esta obra el absoluto que no es; Absoluto al que ni siquiera apunta de manera plena.

Establecer una como liturgia representativa fija, estable, como un cánon, es hacer de eso (pretenderlo) una religión. Pretenderlo, porque es apoyar la escalera en el aire, establecer una religión de lo que no vuela, no religa, no lleva del todo o, sin más, no lleva: ni la escalera llega ni, en realidad de verdad, se quiere alcanzar el Sol.

Un ejemplo reciente y significativo de esta adoración se halla en el libro El canon occidental de Harold Bloom. Ejemplo extremo, pues Harold Bloom, al negar el Absoluto, lo sustituye por la obra de Shakespeare, la pone "en vez de", pretende llenar su vacío de toda trascendencia con estos dramas y comedias.

Análisis psicológico

En la obra total de Shakespeare no hay un desarrollo completo del fenómeno humano. No puede llamarse completo por el solo hecho de que, sobre lo psicológico, afirme el valor de la conciencia y de los preceptos morales; ni tampoco porque haga referencia, cite, verdades del credo cristiano: la existencia de Dios, la vida eterna, la Gloria, el Infierno, etc. Esas verdades religiosas no iluminan a sus personajes desde dentro —lo repito—, porque si las saben o las creen, no son su centro, no las viven, o no las viven hasta transformarles, hasta hacerles pasar —diría Kierkegaard— al tercer estadio, el de la vida sobrenatural.

Hace poco asistí a la proyección de una película, que, en el coloquio posterior, demostró haber despertado una conmoción grande de lo artístico, moral y religioso. Preguntado el director por su fe religiosa, que parecía traslucirse en su película, dijo que era ateo, y que esas referencias religiosas en su película no tenía otra explicación sino que había sido educado en una cultura cristiana, nada más.

Algo semejante, si no lo mismo —no digo que Shakespeare fuera ateo, hablo sólo de su obra—, sucede en la obra de este dramaturgo; hay referencias religiosas, citas, elementos de ella, pero... culturales, de educación, de ambiente. No son en Shakespeare realidades vivas que hagan vivir, que sean vida en sus personajes. Conviven con ellas, como con las guerras, como con su idioma, como con las normas de urbanidad, como con la situación social..., e incluso menos, mucho menos.

Algo así era también el ambiente de fariseos y saduceos —creyentes porque lo decían de sí mismos— en la época en que Cristo vivió junto a ellos. Normativa, Ley, costumbres, preceptos... y una cacareada fe en Dios que en nada lo era. Lejos de mí decir que la obra de Shakespeare sea farisea o saducea: quiero sólo decir que la materialidad de una referencia religiosa no basta para poder afirmar con verdad y hondura que Shakespeare hace "un desarrollo completo del fenómeno humano". Quienes eso afirman exigen bien poco a la recreativa riqueza de la religión, o desconocen el ilimitado poder de la fe viva en Dios, que hace nueva la criatura.

El mismo Kenneth Branagh reconoce que "quizá Shakespeare no da importancia a las relaciones de la gente con Dios". Eso es lo que me esfuerzo en mostrar. De ahí que la siguiente afirmación de Branagh no deja de resultar un tanto incoherente: "Indaga más bien los propósitos internos, las ansiedades del hombre, y esa búsqueda de respuestas que lleva a la gente a encontrar a Dios dentro de ellos". Habría que decir más bien: que quizá lleve a la gente a encontrar a Dios; en todo caso, si eso sucediera, sería fuera de la obra de Shakespeare, no en ella.

En Shakespeare están juntos una especie de tragedia pagana —en él con ese superplus de la gran penetración psicológica— y de drama o de comedia grande. Digo "especie de" porque en la tragedia griega los personajes están, al menos, traspasados por el Destino, esa siempre limitada y escasa noción de la realidad divina. Pero en Shakespeare los personajes no están en absoluto vividos por lo divino: esa noticia de Dios que brilla en sus criaturas y en sus obras, en los decretos de Dios como Señor de la historia.

En Shakespeare no hay luz sobre el misterio último del hombre, sino genial análisis psicológico de sus pasiones exacerbadas, sabiduría humana, valiosas sentencias. Pero luz escasa que ilumine al hombre desde dentro.

La belleza más amable —en la que cabe todo el amor del hombre y se expande— es la máxima Belleza, o su referencia a ella, o su búsqueda, o la recreación de la criatura en este misterio de Belleza. Y esto, en arte perdurable.

No es extraño que esta época, tan poco capaz de lo espiritual más alto, canonice y regule con normas representativas paradivinas a Shakespeare, ese pequeño dios del arte, casi exangüe de sangre de Belleza. P.A.U.

Director: Kenneth Branagh. Intérpretes: Kenneth Branagh (Hamlet), Kate Winslet (Ofelia), Julie Christie (Gertrudis), Derek Jacobi (Claudio), Richard Briers (Polonio), Michael Maloney (Laertes), Nicholas Farrell (Horacio), Jack Lemmon (Marcello), Charlton Heston (Rey actor), Rosemary Harris (Reina actriz), Richard Attenborough (Embajador inglés), Gérard Depardieu (Reynaldo), Robin Williams (Osric), Billy Cristal (el enterrador), Thimothy Spall (Rosencrantz), Reece Dinsdale (Guildenstern), Rufus Sewell (Fortinbras), John Mills (Viejo noruego), John Gielgud (Príamo), Judy Dench (Hecuba). País: Gran Bretaña / Estados Unidos. Año: 1996. Producción: David Barron, para Castle Rock Entertainment. Argumento: La obra teatral homónima, de William Shakespeare. Editorial: Ediciones B. Guión: Kenneth Branagh. Música: Patrick Doyle. B.S.O.: CBS / Sony Classical. Fotografía: Alex Thomson. Dirección artística: Tim Harvey. Montaje: Neil Farrell. Estreno en Madrid: 4-V-97. Distribuidora cine: Filmayer / Castle Rock-Turner. Distribuidora vídeo: Filmayer. Duración: 245 minutos (versión íntegra), 128 (versión corta). Género: Drama de época. Premios principales: Nominaciones a los Oscars 1996 al mejor guión adaptado, dirección artística, vestuario y banda sonora dramática. Público apropiado: Jóvenes. Contenidos específicos: V- X.

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