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Críticas de Cine

Sáb05262018

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Los hermanos McMullen

The Brothers McMullen

Gran Premio del Jurado en el Festival de Sundance 1995 y Premio del Jurado en el de Deauville del mismo año, es una muestra de un sector del cine norteamericano, que parece mirar a Europa como modelo artístico.

Edward Burns —tal como se le ve actuando en la película— es un joven de unos 25 años, listo, inquieto o jaimito, y confuso; como la película es autobiográfica —y en eso tiene el guión su máximo atractivo—, es también confusa. Confusa en las ideas, que, en Los hermanos McMullen son, más bien, normas morales de la fe católica.

Estamos en Nueva York. Acaban de enterrar al padre de los McMullen, y la madre, en el mismo cementerio, decide volver a Irlanda, de donde son oriundos, para vivir con su primer amor, con el que no pudo casarse hace 30 años por tener que hacerlo con el que ahora acaban de enterrar, porque esperaba de él un hijo. Con esta casi broma, que quiere ser una crítica a ciertos comportamientos sociales de algunos católicos —no tanto de hace 30 sino de más años atrás—, inicia Edward Burns el relato de las peripecias de los tres hermanos, todas ellas centradas en la dificultad de cumplir el Sexto Mandamiento.

Los dos solteros van a vivir —por un año, mientras encuentran casa propia— en la del casado. Solución ésta que permite centrar la triple acción fraterna; pero de la que el guionista evita toda referencia real al trabajo doméstico de la cuñada —que además trabaja como profesora—, horarios de comida, lavado de ropa, gastos, etc. Si en este pequeño detalle Edward Burns parece estar en las nubes, no lo está menos en lo que se refiere a la real realidad de la fe católica, su contenido, y su adecuación moral: unas breves referencias al padre autoritario y odiado hacen suponer la grave confusión de Burns entre lo uno y lo otro, entre lo que un padre equivocado pueda imponer y lo que la religión de Cristo es. Sea como sea, el hermano pequeño —predicador de sus hermanos— es presentado como un experto en materia religiosa, en lo que se debe y no se debe hacer; pero no es sino un mal dibujado ignorante obseso por el miedo al Infierno y por su pertinaz debilidad de la carne.

El hermano mayor, pues está casado, comete adulterio, reiteradamente. La noble reacción de su esposa (Connie Britton), ante la casi arrancada confesión al marido infiel, está entre los mejores momentos de la película.

El hermano mediano, el mismo Burns, se esfuerza por parecer un cínico ateo: no quiere comprometerse en el matrimonio ni creer en el amor, sino sólo en el sexo. Su final y el del hermano pequeño serán felices porque logran liberarse de la opresión religiosa y de su absurda moral. Obvio es decir que las parejas femeninas logran también esa feliz liberación, como si todos dejaran sus conciencias en el cajón de la mesilla de noche. Dios se ha equivocado, o la Iglesia, le da igual a esa pobre avestruz.

En toda la película —muy escasa de medios, pero bien resuelta la penuria— hay una buscada contención formal: el sexo se presenta como problema, irresoluble, pero no como espectáculo.

Contención hay también y, más que eso, indecisión, entre la crítica a una supuesta mala educación recibida —que piruetescamente querría referirse a la moral católica en general— y un conservado cariño, y un no velado respeto por ella y la vida familiar vivida. Así, la cosa queda más tristemente confusa, o tímidamente ambigua.

Cierto que hay gracia, soltura y humor en el desarrollo del film y su guión, en las actuaciones de los actores y su papel, en atinadas observaciones psicológicas... Pero no resulta graciosa ni suelta ni humorística esta autobiografía de Edward Burns cuando trata descaradamente de un Mandamiento de la Ley de Dios, de la realidad de un Sacramento... y pretende meterlo en el mismo saco de comedia de costumbres trágicómica y sainetesca. Ni él mismo está seguro de lo que hace. A unos espectadores les resultará anacrónico su trauma por la por él juzgada mala educación de su padre católico; a otros se nos hiela la risa cuando, a lo zafio, toma tan a la ligera lo sagrado.

Desgracidamente, Burns no conoce, o no recuerda, que la esencia de la religión no es principalmente el cumplimiento de la ley, sino el amor a una Persona. Tampoco parecen saberlo Eithne O’Neill y Geoffrey MacNab en sus necios comentarios a esta película, respectivamente, en Positiv y en Sight and Sound. P.A.U.

Director: Edward Burns. Intérpretes: Edward Burns (Barry), Michael McGlone (Patrick), Jack Mulcahy (Jack), Shari Albert (Susan), Maxine Bahns (Audry), Catharine Bolz (Mrs. McMullen), Connie Britton (Molly), Jennifer Jostyn (Leslie), Peter Johansen (Marty), Elisabeth P. McKay (Ann). País: Estados Unidos. Año: 1995. Producción: Edwuard Burns y Dick Fisher, para Marlboro Road Gang Productions, en asociación con Videography Productions y Good Machine. Presentada por: Cine Mussy. Guión: Edward Burns. Música: Seamus Egan. B.S.O.: Arista / BMG. Fotografía: Dick Fisher. Dirección artística: Edward Burns. Montaje: Dick Fisher. Estreno en Madrid: 30-VIII-96 (Alphaville). Distribuidora cine: Musidora. Duración: 106 minutos. Género: Comedia dramática. Premios principales: Gran Premio del Jurado en el Festival de Cine de Sundance 1995. Premio Indie Spirit al mejor primer film independiente. Premio especial del Jurado en el Festival de Deauville 1995. Público apropiado: Adultos. Contenidos específicos: S D+.

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