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Críticas de Cine

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Last updateLun, 15 Oct 2018 2am

La Pasión de Cristo

The Passion of the Christ

Mel Gibson (El hombre sin rostro, Braveheart) se ha aproximado a una historia mil veces contada en el cine, una historia conocida hasta en sus diálogos, sus escenas, personajes y tramas secundarias, y ha sabido recrearla y adecuarla al lenguaje cinematográfico moderno de tal forma que sorprende, impacta, emociona, e incluso puede afectar a lo más hondo del corazón y la conciencia del espectador.

Violencia con sentido

Desde hace treinta años, el cine ha ido perdiendo miedo a la representación de la violencia, haciéndola cada vez más explícita, y llegando finalmente a la complacencia gratuita en lo más repulsivo. Pensemos en el arco que va desde La naranja mecánica (1971), película que indaga en la naturaleza de la agresividad, hasta Irreversible (2002), la película más violenta de la historia del cine comercial, y que hizo las delicias de mucha progresía intelectual. Mel Gibson no hace una cosa ni otra: narra un acontecimiento crudelísimo y lo hace prescindiendo de las elipsis y fueras de campo que se hubieran impuesto en otras épocas. Pero si nada hubo gratuito en la histórica Pasión de Cristo, en la medida en que Mel Gibson es fiel a los hechos, tampoco lo hay en su versión.

Por tanto, una película durísima, pero no gratuita. Fiel a la historicidad de los sucesos, Gibson se permite unas licencias como todos los cineastas que han llevado a Jesús a la pantalla, que son sencillamente deliciosas. Licencias que podrían haber ocurrido perfec-tamente, pero de las que no tenemos constan-cia. Por ejemplo, el tratamiento que hace de María durante la Pasión es enormemente rico y teológico, y nos brinda, entre otras, la escena más enorme grandiosa, incluso de la pelí-cula: Cristo cae por enésima vez con la Cruz a cuestas no hay tres caídas, como en el Via Crucis, sino muchas más, y María, destroza-da, que sigue la comitiva por un callejón paralelo, no puede soportar más el sufrimiento de «su niño» si han visto la película me en-tenderán y se abalanza sobre Él, yacente en el enlosado, y le dice: «Jesús, estoy aquí conti-go», y Él, sacando fuerzas de flaqueza, fija en ella su mirada y le dice: «¿Ves, Madre, cómo hago nuevas todas las cosas?». Si nos fijamos, varias veces que Cristo cae, encuentra fuerzas para incorporarse cuando sus ojos descubren a su Madre.

Otra invención preciosa es un flash back muy breve en el que Jesús toma el pelo a María en su carpintería de Nazareth, mientras inventa la mesa moderna. «Eso no tiene futuro», le dice María. No hay más momentos «simpáticos» en el film. Pero no es el único flash back; hay una veintena de ellos que aluden a episodios muy significativos de la predicación las Bienaventuranzas, por ejemplo o a la Última Cena. Y junto a María siempre aparece Juan, el discípulo predilecto. Y la Magdalena. Todos recuerdan su encuentro con el Maestro. Y, por cierto, la interpretación de Caviezel nos deja probablemente el Jesús más creíble, normal, natural, de la historia del cine, lejos de los misticismos y rarezas de otras versiones.

Excelentes secundarios

Entre los personajes secundarios destacan unos interesantísimos Pilatos y su mujer, probablemente los únicos personajes humanos de toda esa jauría. El famoso diálogo sobre la verdad, con versiones tan dispares como películas ha habido sobre Jesús, es en la de Mel Gibson especialmente sugerente, con un epílogo antológico entre Pilatos y su esposa, amiga de Cristo. «Reconozco la verdad siempre que oigo hablar a Jesús», dice ella. Es muy intenso también el personaje de Simón de Cirene, dramático y vigoroso.

Y no podemos olvidar a Satanás, sutil, inteligente, discreto, que se pasea por la película poniéndoselo difícil a Jesús. Como lo concibió Bergman en Fanny y Alexander, se trata de un ser asexuado, pero afeminado, y perfectamente caracterizado.

Una duda: San Pedro desaparece después de la negación de Cristo, mientras llora amargado: «Yo no soy digno». No le vemos más. ¿Está Gibson tratando mal a San Pedro? ¿Tiene doble lectura? Ahí queda.

Vigoroso realismo

Desde el punto de vista de la puesta en escena, la película supone una novedad radical respecto a la imagenería precedente. Frente a la ampulosidad operística de Franco Zefirelli o el naturalismo levi-straussiano de Pier-Paolo Pasolini, Gibson opta por un realismo histórico, dando a la arquitectura y a las muchedumbres unas dimensiones más acordes con la realidad. La fotografía de Caleb Deschanel, bastante tenebrista, muy pictórica, refleja «la noche oscura» de Jesús, y del azul intenso de la secuencia del Huerto de los Olivos, pasa al fuego y a la sangre que invaden el resto del film.

La dirección artística, el vestuario y, sobre todo, el maquillaje de Jim Caviezel son tremendamente convincentes, lejos de la pulcritud del peplum hollywoodiense y de la pobreza de las producciones baratas de Rossellini o Pasolini. Respecto a los diálogos en arameo, latín y hebreo, lejos de espantar, resultan un aliciente de la película y le dan un cierto aire documental. El balance es, pues excelente. Pero no olvidemos que es tanta su dureza que la película no es apropiada para menores ni para mayores con ciertos umbrales de sensibilidad. J.O.

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Los incómodos desafíos de un auto sacramental

Aunque estuvo precedida y acompañada por una durísima campaña mediática, que la acusaba de antisemita, reaccionaria y sádica, La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, se ha convertido en la cuarta película del año más vista en todo el mundo hasta ahora ha recaudado 604 millones de dólares y en el filme independiente y subtitulado más taquillero de la historia. Y, sobre todo, ha generado un debate de gran calado espiritual y teológico sobre la dimensión auténtica de la figura histórica de Jesús de Nazareth.

Por tanto, una primera gran pregunta respecto a La Pasión de Cristo podría ser: ¿cómo es posible que haya batido records de taquilla una película supuestamente antisemita, reaccionaria y sádica, y además subtitu-lada y con diálogos en arameo y latín, dos lenguas muertas? Una segunda cuestión sería: ¿cómo es posible que tal película haya generado en la socie-dad actual, supuestamente tan mate-rializada y descreída, reacciones tan conmovedoras como las que han des-crito muchos de los comentaristas y espectadores tras verla? Parece evidente que, en parte, todo esto ha sido conse-cuencia de la destemplada campaña contra la película, que ha encendido los ánimos de numerosos cristianos, ca-tólicos y no católicos, irritados al ver agredida su libertad para expresar pú-blicamente su fe. Pero tal reacción no tendría ni fuerza ni continuidad si la película no tuviera calidad artística y hondura dramática, moral y religiosa.

Fuentes místicas

En el ámbito artístico, sin duda lo más discutido de la película de Gibson ha sido la extrema crudeza, externa e in-terna, de muchas de sus escenas, que han llevado a algunos a despreciarla por la supuesta obsesión enfermiza de Mel Gibson hacia el sufrimiento y la violencia. En esta línea se manifestó el cineasta italiano Franco Zefirelli, autor de la notable Jesús de Nazareth y que además dirigó en Hamlet a Mel Gibson, al que considera «un hombre genial, enorme y magnífico actor». Sin embargo, su crítica además de que pone de manifiesto las evidentes diferencias de carácter y de gustos entre ambos directores, no resulta demasiado objetiva, pues se trató más bien de una reacción visceral de Zefirelli ante la opinión del escritor italiano Vittorio Messori, que definió el film de Gibson como «la mejor película sobre Cristo jamás rodada». «En el plano técnico especificó Messori, el film es de una altísima calidad. Pasolini, Rosellini, el propio Zefirelli, quedan reducidos a parientes pobres y arcaicos».

Diatribas personales a parte, Gibson asegura que la brutalidad de su película es consecuencia sobre todo de su fidelidad casi textual a los cuatro Evangelios. Recordemos que la Pasión es uno de los pocos pasajes de la vida de Jesús que está en los cuatro textos, y en todos ellos narrada con gran crudeza. También se inspira esa crudeza en el libro La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, que recopila las gráficas revelaciones particulares sobre la muerte de Jesús algunas ciertamente muy fuertes de la mística alemana Ana Catalina Emmerich (1774-1824), beatificada este año por Juan Pablo II. Y Gibson también ha tomado algunos detalles del libro La ciudad de Dios, de la venerable mística española Sor María de Ágreda, también muy descarnada en sus descripciones de la Pasión.

Así que hay que enmarcar ese afán de veracidad de Gibson en el mismo ámbito apologético de los escritores místicos de los que parte. En sus escritos, muchos de ellos reflexionaron sobre la Pasión con gran fuerza expresiva, precisamente porque eran conscientes de que, ayer, hoy y siempre, a ciertas almas, endurecidas quizá por el pecado o la apatía, sólo les pueden remover las emociones fuertes. La misma Santa Teresa de Jesús, en el capítulo 9 de su Vida, reconoce que fue decisiva, en su cambio de vida, la contemplación de una imagen de «Cristo muy llagado» conservada todavía en Ávila «y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros». A ella misma se le ha atribuido a veces aquel maravilloso Soneto a Cristo crucificado, obra cumbre del Siglo de Oro español y hoy considerado anónimo, que dice: «No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido / ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte. / Tú me mueves, Señor, / muéveme el verte / clavado en una cruz y escarnecido, / muéveme ver tu cuerpo tan herido / muévenme tus afrentas y tu muerte».

Ni que decir tiene que Gibson también se ha inspirado en la Sábana Santa de Turín, inquietante reliquia que confirma, con impactante crudeza, la historidad de los relatos evangélicos sobre la Pasión. Y el propio cineasta ha reconocido su esfuerzo por imitar en su película el estilo pictórico de Caravaggio, cuyas imágenes son famosas por el crudo naturalismo que emana de sus profundos claroscuros. Un naturalismo más cercano a las oscuridades de Velázquez, Valdés Leal, Goya o Picasso, que a las luminosidades de Fra Angélico, Rafael, El Greco o Dalí.

La tragedia total

Al margen de su inspiración mística y pictórica, Gibso emplea el hiperrealismo visual precisamente porque es recurso habitual en el cine actual, y sobre todo en los dos géneros en los que cabe encuadrar su película: la tragedia y la épica. Basta repasar los Oscars de 2004 para encontrar numerosas películas que emplean dramáticamente con más o menos acierto una gran violencia visual: El retorno del rey, Master & Commander, Mystic River, Cold Mountain, 21 gramos, Monster... Y el recurso no es de este año, pues vienen empleándolo desde hace tiempo directores de la talla de Steven Spielberg (La Lista de Schindler, Salvar al soldado Ryan), Martin Scorsese (Gangs of New York), Paul Thomas Anderson (Magnolia), Alejandro González Iñárritu (Amores perros, 21 gramos), David Lynch (Mulholland Drive), David Fincher (Seven), Lars Von Trier (Bailar en la oscuridad), Takeshi Kitano (Hana-bi, Zatoichi), Quentin Tarantino (Pulp Fiction, Kill Bill)...

La verdadera cuestión, estética y moral, es el sentido que dan estos directores a ese recurso a la violencia. El tema lo ha analizado con especial lucidez el escritor español Juan Manuel de Prada (ABC, 28 de febrero de 2004). «Paradójicamente señala respecto a La Pasión de Cristo, su contemplación provoca incomodidades en una época que ha encumbrado la exhibición gratuita de violencia a un rango artístico. Dudo mucho que Gibson exceda en truculencia a Tarantino o Kitano, tan idolatrados por el gusto contemporáneo. ¿Por qué la violencia enfática, hiperbólica, de esos cineastas fascina, mientras que la de Gibson provoca rasgamientos de vestiduras? Por una razón evidente: porque no es gratuita, porque interpela al espectador, porque lo obliga a enfrentarse al dolor en estado puro. Nos hemos acostumbrado a una violencia banal, coreográfica, meramente esteticista, que hace del hiperrealismo una forma sublimada de irrealidad; no podemos soportar, en cambio, la violencia catártica que estimula nuestro horror y nuestra piedad, que nos hace partícipes de un sufrimiento sobrehumano y nos ayuda a entender en toda su magnitud un sacrificio que remueve nuestra capacidad de comprensión».

En esta misma línea argumental se manifiesta el propio Mel Gibson. «No hay nada de violencia gratuita en esta película señaló en una entrevista para la agencia Zenit. Creo que un menor de doce años no debería verla, a no ser que sea muy maduro. Es bastante fuerte. Nos hemos acostumbrado a ver crucifijos bonitos colgados de la pared. Decimos: «¡Oh, sí! Jesús fue azotado, llevó su cruz a cuestas y le clavaron a un madero». Pero ¿quién se detiene a pensar lo que estas palabras significan realmente? «En mi niñez, no me daba cuenta de lo que esto implicaba. No comprendía lo duro que era. El profundo horror de lo que Él sufrió por nuestra redención realmente no me impactaba. Entender lo que sufrió, incluso a un nivel humano, me hace sentir no sólo compasión, sino también me hace sentirme en deuda: yo quiero compensarle por la inmensidad de su sacrificio».

Hondura religiosa

Por otra parte ya se ve, Gibson ha querido trascender esa brutalidad con una visión profundamente espiritual de los hechos que describe. «Realmente ha dicho, quería expresar la magnitud del sacrificio, al mismo tiempo que su horror. Pero también quería una película que tuviera momentos de verdadero lirismo y belleza, y un permanente sentimiento de amor porque, a fin de cuentas, es una historia de fe, esperanza y amor. Ésta es, en mi opinión, la historia más grande que podamos nunca contar».

En este sentido, destacan las declaraciones a la agencia Zenit del teólogo dominico Augustine Di Noia, subsecretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Después de ver la película en el Vaticano, la calificó como una producción «de exquisita sensibilidad artística y religiosa», y destacó su retrato de la Virgen María de gran riqueza mariológica, su original e inquietante imagen del demonio interpretado con andróginos perfiles y voz masculina por la actriz italiana Rosalinda Celantano, su impactante acercamiento a la soledad de Cristo incluso rodeado de masas y su certera representación del valor redentor de cada acto de la vida de Jesús y del «significado sacrifical y eucarístico del Calvario», resuelta a través de abundantes flash-back sobre la Última Cena y otros momentos de la vida de Cristo, incluida su infancia.

En la misma línea se manifiestó el Padre Peter Malone, msc, presidente de Signis, la Asociación Católica Mundial para la Comunicación, que además destacó la autenticidad con que presenta la película la naturaleza humana y divina de Jesús, y especialmente la primera. «Mientras que el Jesús del cine es normalmente de figura ligera y delgada señala, Jim Caviezel es un hombre grande y fuerte, algo robusto, un carpintero creíble y un hombre sólido. Esto hace que el Jesús de la película sea más real que lo usual».

En este punto Mel Gibson ha sido coherente con el atractivísimo retrato de la personalidad humana de Jesucristo que ya ofreció en su producción El hombre que hacía milagros. Se trata de una excelente biografía de Jesús producida en 2000 por Icon Productions, resuelta con animación stop-motion de muñecos, y dirigida por el galés Derek W. Hayes y el ruso Stanislav Sokolov. Desde luego, el tono naturalísimo, emotivo y hasta divertido de algunos de los flash back de La Pasión de Cristo es muy parecido al de El hombre que hacía milagros; y el plano de la mano a contraluz empuñando el martillo y descendiendo hasta clavar la mano de Jesús es sencillamente idéntico en los dos films.

Por lo demás, hasta los detractores de la película han alabado la dilatada y poderosa presencia de la Virgen María, presentada en todo momento como corredentora con su Hijo y con una serenidad tan apabullante que la convierte en el mejor bálsamo frente a la terrible crueldad que se describe. En este sentido, si todas la interpretaciones son sensacionales, la de Maia Morgenstern roza la perfección, y refleja maravillosamente en su contenido sufrimiento el dolor moral que Jim Caviezel debe reflejar en sus ojos y en la fuerte fisicidad de su caracterización de Cristo.

¿Un Cristo sin cruz?

Frente a todo este planteamiento atractivo y profundo de la vida y muerte de Jesucristo, muchas voces críticas han reclamado una visión de Cristo no tan radical, menos sufriente y más conciliadora, identificando esos adjetivos como un despojamiento de los perfiles conflictivos de Jesús, sobre todo en ciertas materias morales. No es nueva esta idea; de hecho ya San Pablo tuvo que salir al paso de ella pocos años después de la muerte de Jesús. Es más, se trata de la típica tentación en momentos de profundo desconcierto moral, como el actual.

En 1958 ya afrontó de lleno esta cuestión el famoso arzobispo, predicador televisivo y escritor estadounidense Fulton J. Sheen (1895-1979) en su Vida de Cristo (Herder). «El mundo moderno, que niega el delito personal y sólo admite crímenes sociales, que no encuentra sitio para el arrepentimiento personal y lo halla sólo para reformas públicas, ha divorciado a Cristo de su Cruz (...). Lo que Dios había juntado, los hombres lo han desunido (...). La civilización occidental postcristiana ha elegido a Cristo sin la Cruz. Pero un Cristo sin un sacrifio que reconcilie al mundo con Dios es un predicador ambulante barato, afeminado, incoloro (...). Sin su Cruz, Cristo queda reducido a un insoportable precusor de la democracia o a un humanitario que enseñó una fraternidad sin lágrimas». Porque, además, como señala Sheen en otro momento, «quien busca un Cristo sin Cruz acaba encontrando una cruz sin Cristo».

Por tanto, frente a esa visión reductiva y blanda de Cristo, Sheen afirma: «Hoy día necesitamos un Cristo que haga látigos para arrojar a los vendedores y compradores de nuestros nuevos templos; que maldiga las higueras estériles; que hable de cruces y sacrificios, y cuya cruz sea como un mar embravecido. Pero no nos permitirá espigar y escoger entre sus palabras, apartando las que sean duras y aceptando las que halaguen nuestro gusto y capricho. Necesitamos un Cristo que restaure la indignación moral, que nos haga odiar el mal con intensidad apasionada, y amar el bien hasta el punto de que podamos beber la muerte como bebemos agua».

Reacciones cualificadas

Todo lo anterior explica las positivas reacciones de numerosos espectadores cualificados que han visto la película. Ya se sabe que le gustó al Papa y a numerosos cardenales y obispos de todo el mundo, como el de Atlanta, Mons. John F. Donoghue, que calificó a la película como «un regalo de Dios». En concreto, el cardenal colombiano Darío Castrillón, Prefecto de la Congregación para el Clero, recomendó su visión a todos los sacerdotes del mundo y comentó que «gustosamente cambiaría algunas de las homilías que he dado sobre la Pasión de Cristo por unas pocas escenas de la película».

También ha habido reacciones similares en el ámbito protestante. La más significativa fue la del más destacado pastor evangélico estadounidense, Billy Graham, que calificó a la película de Gibson como «fiel a la enseñanza de la Biblia al enseñar que todos somos responsables de la muerte de Jesús, porque todos hemos pecado». También afirmó que le impactó profundamente. «Me conmovió hasta las lágrimas dijo. Dudo que haya habido alguna vez una presentación más gráfica y real de la Muerte de Jesús y de la Resurrección, que los cristianos creemos son los acontecimientos más importantes en la historia humana».

En una entrevista con Alejandro Bermúdez, para la agencia latinoamericana Aciprensa, Mel Gibson señaló: «Mi mayor esperanza es que el mensaje de esta historia de tremendo coraje y sacrificio pueda inspirar tolerancia, amor y perdón. Sin duda, tenemos necesidad de todas esas cosas en el mundo de hoy. Sólo quiero que el «de arriba» me dé una palmadita en la cabeza. Nada más. Creo que he sido tan fiel como se puede a la historia tal como es contada, como es relatada en los Evangelios, y creo haber logrado un trabajo lo suficientemente bueno como para que sea agradable al Todopoderoso. Y si tan solo unas cuantas personas logran algo bueno de la película será fabuloso». Parece claro que esto último lo ha logrado plenamente, a pesar de la fuerte campaña en su contra que tuvo que soportar. Y hasta cabe pensar que su personal auto sacramental, su íntima meditación fílmica sobre la Pasión de Jesús de Nazareth, ya ha pasado a la historia del cine y se ha convertido en el primer gran acontecimiento religioso del siglo XXI. J.J.M.

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Movedizas actitudes de los censores de La Pasión de Cristo

¿Sería mejor no haber filmado El pianista ni La lista de Schindler para evitar el riesgo de alimentar los prejuicios antigermanos y de perpetuar el estereotipo de la culpabilidad alemana por los crímenes nazis? Si hemos de aplicar los mismos criterios con que algunos juzgan La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, sí. Cuando la película era todavía un proyecto, empezó ya la campaña para desacreditarla como antisemita. El temor era que la representación naturalista de la pasión de Cristo pudiera señalar como culpable colectivo al pueblo judío y generar antisemitismo. (No sé por qué nadie se preocupa de si puede provocar sentimientos antirromanos).

Inspirar, no ofender

Pero ¿por qué tendría que suceder así? Muchas otras películas recuerdan tragedias del pasado, sin que a nadie les atribuya intenciones aviesas. Como ha escrito la comentarista Barbara Amiel, judía, «un cristiano comprometido como Mel Gibson no hace un film sobre el núcleo central de su fe para engendrar odio contra los judíos, del mismo modo que los judíos que construyen un monumento al Holocausto un hecho central de la existencia judía no lo hacen para crear odio contra los gentiles o incluso contra los alemanes. (...) Un filántropo que da dinero para financiar una película sobre los supervivientes del Holocausto se quedaría horrorizado si le dijeran que estaba generando odio por conmemorar un suceso que marca un hito en su historia moderna».

En repetidas declaraciones Gibson ha manifestado que el antisemitismo «no solo es contrario a mis convicciones personales sino también al mensaje de mi película». Y si le preguntan quién es el culpable de la muerte de Cristo afirma que «todos lo somos, yo sería el primero en asumir la responsabilidad». Gibson repite la explicación bíblica de que Jesucristo «fue herido por nuestras transgresiones y por sus heridas nosotros nos salvamos. Ése es el punto del filme. No trata de acusar a alguien. La Pasión de Cristo es una película hecha para inspirar, no para ofender».

Extremismo crítico

Frente a esta actitud, contrasta el extremismo de algunos ataques, como los del rabino Marvin Hier, fundador del centro Simon-Wiesenthal, quien tildó al film de antisemita: «El mensaje del film es irresponsable e incendiario... Corre el riesgo de envenenar millones de espíritus, sobre todo en Oriente Medio y en Europa, donde se observa un recrudecimiento del antisemitismo». Como tantos aspirantes a censores, Hier exagera el poder de una película. En cualquier caso, parece más lógico pensar que el antijudaísmo en Oriente Medio no se alimenta de películas sobre lo que sucedió en Palestina hace dos mil años; le basta ver en el telediario lo que ocurre en la Palestina actual.

No hay que pensar que declaraciones de este tipo son la opinión colectiva de los judíos. Desde luego, no de los judíos que han participado en la creación de la película, como la prestigiosa actriz rumana Maia Morgenstern, que da vida a la Virgen María. Pero también un crítico de cine bien conocido como Michael Medved, judío, ha advertido que «las reacciones exageradas e histéricas hacia el film provocarán mucho más antisemitismo que la película misma. (...) Más que gastar tiempo y energías en esfuerzos inútiles por desacreditar una artís-tica y ambiciosa película, debería-mos luchar más por la causa del judaísmo en América y así poner de relieve los aspectos positivos y pro-ductivos de nuestra sagrada tradi-ción».

Los intentos para rodear el film de un aura de catolicismo reaccionario han utilizado estratagemas ridículas. Entre otras, insistir en que el padre de Mel Gibson un viejo algo cas-carrabias de 85 años, que no ha tenido ninguna influencia en el film es un católico tradicionalista que su-puestamente ha puesto en duda la magnitud del Holocausto. O sea, nada de culpabilidad colectiva del pueblo judío, pero se sugiere la tesis de la responsabilidad colectiva de la familia Gibson.

Antisemitismo y ajustes de cuentas

Y es que desde el principio hasta el estreno de la película los ataques más constantes han provenido de los grupos católicos a los que les molesta el mensaje religioso tradicional de la película de Mel Gibson. En su campaña agitan el espectro de que la película puede «arruinar» todo lo que se ha hecho en los últimos cuarenta años para estrechar las relaciones entre judíos y cristianos. Pero muy frágiles tendrían que ser estos logros para que se desmoronaran por una película.

Más frágiles han demostrado ser las actitudes de estos católicos ante la libertad de expresión artística. Los que otras veces han criticado la inoperancia de la Iglesia para utilizar los medios de comunicación de masas, dicen ahora que hay que desconfiar de la «teatralización» de la Pasión y que la muerte de Cristo no es un «espectáculo». En otros casos, cuando un cineasta como Martin Scorsese entraba a saco en los Evangelios para recrear su particular visión de la vida de Cristo, si alguien se molestaba y reclamaba fidelidad al texto evangélico se le respondía que la libertad de expresión no admite censuras ni imposiciones religiosas; ahora, en cambio, se invoca a teólogos y rabinos para que juzguen de la ortodoxia de la película y digan lo que habría que cambiar o cortar, aunque sean frases del Evangelio. Al final va a tener razón Mel Gibson cuando dice que estos críticos «no tienen un problema con mi película, tienen un problema con los cuatro Evangelios».

Es más, los mismos que denuncian cualquier intervención de un obispo para llamar al orden a un teólogo desnortado, han intentado que los obispos intervinieran para condenar la película. Y, a falta de conseguirlo, lo inventan. Si, en previsión de la polémica, los obispos de Estados Unidos publican un libro titulado La Biblia, los judíos y la muerte de Cristo, que se limita a recopilar las enseñanzas más recientes del magisterio católico sobre el judaísmo, algunos titulares de prensa dirán «El episcopado americano se distancia de Mel Gibson» o incluso «Los obispos deploran su antisemitismo». Pero, obviamente, la recopilación no dice nada sobre la película. Ignacio Aréchaga.

Director: Mel Gibson. Intérpretes: James Caviezel (Jesús), Maia Morgenstern (María), Hristo Jivkov (Juan), Francesco de Vito (Pedro), Monica Belluci (María Magdalena), Mattia Sbragia (Caifás), Toni Bertorelli (Anás), Luca Lionello (Judas), Hristo Shopov (Pilatos), Giacinto Ferro (José de Arimatea), Olek Mincer (Nicodemo), Claudia Gerini (Claudia Procles). País: Estados Unidos. Año: 2004. Producción: Mel Gibson, Bruce Davey y Stephen McEveety para Icon Productions. Guión: Mel Gibson y Benedict Fitzgerald. Música: John Debney. Fotografía: Caleb Deschanel. Dirección artística: Shaila Rubing. Montaje: John Wright. Estreno en Madrid: 02-IV-04. Distribuidora en cine: Aurum. Distribuidora en vídeo y DVD: Aurum. Duración: 126 minutos. Género: Drama histórico. Público adecuado: Jóvenes-adultos. Contenidos especiales: V

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