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Críticas de Cine

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Last updateLun, 03 Ago 2020 12pm

Pena de muerte

Dead Man Walking

El actor Tim Robbins ya mostró una singular personalidad visual en Ciudadano Bob Roberts, su debut como director. Ahora, ha logrado con Pena de muerte una de las películas más redondas de los últimos años, justamente premiada en numerosos festivales.

El guión adapta libremente el libro autobiográfico de Helen Prejean, una monja católica de la Congregación de Hermanas de San José de Medaille, que en 1982 fue consejera espiritual de un condenado a muerte por la violación y el posterior asesinato de una pareja de novios. Se describe sobre todo la sacrificada lucha de la monja (Susan Sarandon) por salvar la vida y el alma del condenado (Sean Penn), y por erradicar el odio que domina a los familiares de las víctimas. En la actualidad, la Hermana Prejean preside el Comité Nacional para la Abolición de la Pena de Muerte.

La solidez de su propio guión facilita a Tim Robbins una vigorosa puesta en escena —sobria, pero de alto voltaje dramático y gran fuerza visual—, en la que se hilvanan con asombrosa precisión cada uno de los complejos matices de la trama, delimitada por tres hilos narrativos: el brutal asesinato, la condena y posterior ejecución, y el dolor que ambas realidades provocan a su alrededor. A esto se añaden unas interpretaciones soberbias, que involucran sin remedio al espectador en los dramas de cada uno de los personajes, todos ellos descritos con una sutil variedad de matices. Destacan Sean Penn y, sobre todo, Susan Sarandon, cuyo recital interpretativo le valió por fin el Oscar a la mejor actriz, después de cuatro nominaciones fallidas.

Redondean esta espléndida factura técnica la magistral fotografía de Roger A. Deakins —muy eficaz en la desasosegante recreación de atmósferas— y una singular partitura de David Robbins, cuyos eclécticos y sugestivos ritmos exóticos —entre otras, incluye canciones populares armenias y paquistaníes— resultan muy adecuados al tono dramático y a la riqueza antropológica de la historia. Lo mismo cabe decir de la canción de los títulos de crédito, Dead Man Walking, interpretada por Bruce Springsteen, que viene a ser como la guinda de esta magnífica película.

El tono es fuerte, especialmente en la fragmentaria rememoración del asesinato; pero Robbins no cede casi nunca a lo morboso. Queda así intacta su equilibrada crítica a la pena capital, a través de la que afronta algunas de las grandes preguntas del hombre actual y de todos los tiempos: el valor de la oración y el sacrificio, la realidad del pecado, la necesidad del arrepentimiento y del perdón... Todo ello, mirado desde un atractivo punto de vista netamente católico que, además de facilitar los estremecedores paralelismos finales con la Pasión de Jesucristo, permite a Tim Robbins redescubrir la auténtica raíz de la dignidad del hombre —su condición de hijo de Dios— y hasta la grandeza de la vocación religiosa. Durante uno de sus encuentros, la monja le dice al condenado: «Si yo tuviera esposo e hijos seguramente no estaría ahora aquí contigo». Y en otro momento, ante la pregunta de por qué se ha hecho monja, la Hermana Prejean responde: «Sólo trato de devolver algo de todo el amor que he recibido». Quizá sea éste el secreto de la arrebatadora energía moral que destila la película por todos sus poros: el poder redentor del amor a los demás.

Pena capital frente a cultura de la vida

Sería fácil calificar a Pena de muerte como un simple alegato contra la pena capital. Y, desde luego, lo es, pero no en el sentido panfletario que a veces se da a la palabra «alegato». Fiel al planteamiento del libro en que se basa, la película quiere ser más bien una exposición minuciosa y ponderada de los argumentos a favor y en contra de la pena de muerte, que permita al espectador formar su propia opinión sobre el tema.

Esa ponderación, ese mostrar las dos caras del conflicto, es uno de los grandes valores de la película, que está siempre dominada por la inteligencia y no cae casi nunca en la tentación del sentimentalismo fácil.

Ese difícil equilibrio se aprecia sobre todo en sus elogiables esfuerzos por calar en la tragedia que sufren los familiares de las víctimas y los del propio asesino. «Me relacioné no sólo con los internos de la galería de condenados a muerte, sino también con las familias de las víctimas de los asesinos —señala la Hermana Prejean—. Éstos solían decirme: ‘Bueno, Hermana, usted está visitando a esa gente de la galería de condenados; pero ¿tiene idea de los solos que estamos nosotros? Nadie se preocupa de nosotros; no saben qué hacer con nuestro dolor’. Entonces me encontré con esa terrible tensión de, por un lado, acompañar a los reos hasta su ejecución, y además sufrir con esas ‘víctimas ignoradas’ que son las familias de los ejecutados; y, por otro, escuchar las terribles historias de las familias de las víctimas de los asesinos, y saber que ellos también necesitaban comprensión».

La película tampoco idealiza a Matthew Poncelet, el ficticio asesino —su personalidad mezcla rasgos de dos condenados reales— al que ayuda la Hermana Prejean. Poncelet es culpable del atroz asesinato con violación de una joven pareja, y se le presenta como lo que es: un ser violento, cínico, racista y arrogante, en apariencia irrecuperable, cuyo único atenuante es que procede de una familia pobre. Ni siquiera se intenta diluir la culpa de Poncelet en las difíciles circunstancias familiares y sociales que marcaron su infancia. Sin embargo, este dato lo aprovecha Tim Robbins para incluir en su guión una acertada crítica social, que subyace en alguno de los argumentos contra la pena de muerte.

Durante la película, se dice que si el condenado fuera rico seguramente nunca llegaría a ser ejecutado, pues un buen abogado sabría navegar por los vericuetos del proceso penal hasta conseguirle una condena más benigna. Los datos sobre la pena de muerte en Estados Unidos parecen confirmar esta idea: en la actualidad, de los cerca de 3.000 condenados a muerte que esperan la ejecución, la inmensa mayoría son de baja extracción social.

Pero la película va más allá. Como es sabido, la licitud de la pena capital suele defenderse ampliando la doctrina de la legítima defensa al ámbito del bien común y social. Es decir, la pena de muerte sólo sería lícita en casos de extrema gravedad como legítima defensa de la sociedad frente a agresores especialmente injustos, reincidentes e irrecuperables.

¿Ningún otro medio posible?

Por tanto, una condición necesaria para que se dé legítima defensa es que el agredido necesite racionalmente el medio empleado contra la agresión injusta, que, en este caso, sería la muerte del agresor. Esto significa que la autoridad pública debe renunciar a la pena capital si existen otras medidas más benignas que alcancen ese objetivo penal de impedir o obstaculizar la repetición del delito por parte del que lo cometió.

En este punto, la denuncia de la película está en la línea del último magisterio de Juan Pablo II respecto a la pena de muerte, que supone sin duda una evolución de la doctrina de la Iglesia católica hacia posturas restrictivas, casi abolicionistas. Como se recordará, hace años se desató una cierta polémica a propósito del tratamiento de la pena capital en el Catecismo, que distinguía entre su posible legitimidad en ciertos casos extremos y la licitud de su aplicación concreta, hoy y ahora. En un pronunciamiento posterior, el Papa dejó muy clara la posición de la Iglesia: «La medida y la calidad de la pena —señala en su encíclica Evangelium vitae (nº56)— deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy, sin embargo, gracias a la organización cada vez más adecuada de la institución penal, estos casos son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes».

Esta idea general sustenta las numerosas referencias que hace la película a la falta de responsabilidad que supone combatir la criminalidad con un medio tan drástico y poco ejemplar como matar a los criminales. Un recurso fácil que, además, quizá lleve a descuidar otros medios preventivos, sin duda más eficaces: un aumento de la vigilancia policial y de las medidas de seguridad carcelarias, un control más severo del comercio de armas, la mejora del sistema educativo, una mayor solidaridad con los estratos sociales más desfavorecidos, una mayor contención a la hora de reflejar la violencia en el cine, la televisión y los medios de comunicación...

¿Monstruos o personas?

De todo lo anterior, se deduce el mensaje principal de la película. Se viene a decir que en la mayor parte de los casos —al menos en los países desarrollados—, se aplica la pena de muerte no porque la sociedad carezca de otros medios para evitar la comisión de nuevos delitos, sino por una reacción de ira e indignación ante determinadas acciones terribles. Con lo que, paradójicamente, una acción ilegal (el asesinato) y otra legal (la ejecución) acabarían respondiendo a impulsos irracionales que llevan a olvidar la condición humana, en un caso del asesinado, y en otro del asesino.

En este sentido, la película muestra cómo los implicados en el proceso de una pena capital —las familias de las víctimas, los jueces, los medios de comunicación, los propios carceleros y ejecutores...— tienden a considerar al reo no como una persona, sino como una especie de monstruo que debe pagar por los daños que ha causado. Esta misma tendencia al autoengaño, explicaría también la evolución de los métodos de aplicación de la pena capital, que son cada vez menos violentos, como si se quisiera no ver el dolor o disimular el hecho de que se está causando la muerte de un ser humano.

Por eso, Tim Robbins se esmera especialmente en la reproducción de la liturgia de la ejecución: «Me propuse reproducir al detalle la agonía de la cuenta atrás, cada uno de esos minutos eternos que envuelven el ritual de la ejecución; todo debía resultar perversamente auténtico». Tan auténtico como ese grito, de una frialdad aterradora, que pregona el carcelero en el corredor sin retorno que conduce a la cámara de ejecución: «¡Hombre muerto andando!» («Dead Man Walking!»).

Cultura de la vida, cultura de la muerte

De ahí también que el empeño fundamental de la Hermana Helen sea precisamente desenterrar la humanidad que se agazapa dentro del alma endurecida del asesino —en primer lugar, de cara a él mismo—, para mostrar después la deshumanización que supone su muerte legal, aunque sea a través de una pulcra e indolora inyección letal. Porque esa sombra desvaída que vaga aterrorizada, «mirando a la muerte a los ojos», a pesar de las acciones abominables que ha cometido, no es un monstruo, como pretenden los que ansían verle muerto; es un ser humano que siempre «valdrá más que su peor acto».

Según la película, la cuestión principal no es que la pena de muerte —al menos en las sociedades desarrolladas— no reúna los requisitos de la legítima defensa social; ni que imposibilite, claro está, la reinserción del delincuente; ni que sea muy limitada su eficacia como medio de disuasión... La cuestión principal es el «para qué» de la pena de muerte en la actualidad, pues parece más una venganza legalizada, una manifestación más de la ley del talión, que una exigencia de la justicia.

Quizá por eso Juan Pablo II, en la Evangelium vitae (nº 27), considera «la aversión cada vez más difundida en la opinión pública a la pena de muerte» como uno de los signos positivos de nuestro tiempo en favor de la vida, precisamente por «considerar las posibilidades con las que cuenta una sociedad moderna para reprimir eficazmente el crimen de modo que, neutralizando a quien lo ha cometido, no se le prive definitivamente de la posibilidad de redimirse».

La raíz de la dignidad humana

En realidad, más que un alegato contra la pena de muerte en sí, la película es una apología de la compasión, de la necesidad del arrepentimiento y del perdón, planteados como un ideal que exije la conjunción de fe y esfuerzo personal. De hecho, el film no oculta que quizá la pena de muerte facilita el arrepentimiento del reo; pero, desde luego, remite la rehabilitación del culpable a la vida eterna, que ya no es competencia de los poderes públicos. Además, como le dice la monja a Poncelet, «la redención hay que trabajarla», y no todos los condenados a muerte acaban tan bien como él.

Todas estas ideas se asientan sobre un sólido cimiento moral, que supone un gran paso adelante respecto al superficial sentimentalismo dominante en el cine norteamericano de los últimos años.

— «¡Tú también eres hijo de Dios!», le grita la monja al condenado.

Y ese angustiado y patético hombre muerto, que ha tenido que llegar a las puertas de la muerte para reconocer su culpa y descubrir el amor, le contesta entre sollozos:

— «Nadie me había dicho nunca eso. Me han llamado hijo de muchas cosas..., pero nunca hijo de Dios».

Este diálogo, que además da sentido al magistral epílogo, encierra quizá la clave de esta valiente y maravillosa película, pues muestra la auténtica razón de ser de la dignidad de todo hombre, incluso del aparentemente más despreciable: su condición de hijo de Dios. Una condición que está en la base de esa cultura de la vida que tanto necesita el mundo actual. J.J.M.

 

Algunas películas que tratan la pena de muerte:

Una tragedia humana (An American Tragedy), de Josef von Sternberg (1931).

María Antonieta (Marie-Antoniette), de W.S. Van Dike (1938).

Luna nueva (His Girl Friend), de Howard Hawks (1940).

Perdición (Double Indemnity), de Billy Wilder (1944).

Un lugar en el sol (A Place in the Sun), de George Stevens (1951).

No matarás (Nous sommes tous des assassins), de André Cayatte (1952).

María Antonieta (Marie-Antoniette, reine de France), de Jean Delannoy (1955).

Senderos de gloria (Paths of Glory), de Stanley Kubrick (1957).

¡Quiero vivir! (I Want to Live), de Robert Wise (1958).

Diálogos de carmelitas (Le dialogue des carmélites), de R.P. Bruckberger y Philippe Agostini (1960).

La evasión (Le trou), de Jacques Becker (1960).

Rey y patria (King and Country), de Joseph Losey (1964).

El verdugo, de Luis García Berlanga (1965).

A sangre fría (In Cold Blood), de Richard Brooks (1967).

Primera plana (The Front Page), de Billy Wilder (1974).

Pascual Duarte, de Ricardo Franco (1975).

No matarás o Decálogo: Película corta sobre un asesinato (Dekalog: Krotki Film o Zabianjaniu), de Krzysztof Kieslowski (1987).

Un asunto de mujeres (Une affaire de femmes), de Claude Chabrol (1988).

Los atracadores, de Francisco Rovira-Beleta (1961).

Pena de muerte (Dead Man Walking), de Tim Robbins (1995).

Condenada (Last Dance), de Bruce Beresford (1995).

El corredor de la muerte (Killer), Tim Metcalfe (1995).

Director: Tim Robbins. Intérpretes: Susan Sarandon (Hermana Helen Prejean, C.S.J.), Sean Penn (Matthew Poncelet), Robert Prosky (Hilton Barber), Raymond J. Barry (Earl Delacroix), Celia Weston (Mary Beth Percy), R. Lee Ermey (Clyde Percy), Lois Smith (Madre de Helen), Scott Wilson (Capellán Farley), Roberta Maxwell (Lucille Poncelet), Margo Martindale (Hermana Colleen), Barton Heyman (Capitán Beliveau). País: Estados Unidos. Año: 1995. Producción: Jon Kilik, Tim Robbins y Rudd Simmons, para Working Title y Havoc. Presentada por: PolyGram Filmed Entertainment. Argumento: El libro Dead Man Walking, de la Hermana Helen Prejean, C.S.J. Editorial: Ediciones B. Guión: Tim Robbins. Música: David Robbins. Canciones: Bruce Springsteen, Suzanne Vega, Nusrat Fateh Ali Khan, Johnny Cash, Susan Sarandon, The Dusing Singers, Ry Cooder, Iddie Vedder, el reverendo Donald R. Smith y el coro de gospel Voces doradas de la iglesia católica de San Francisco de Sales. B.S.O.: CBS/Sony Music. Fotografía: Roger A. Deakins. Dirección artística: Richard Hoover. Montaje: Lisa Zeno Churgin. Estreno en Madrid: 15-III-96 (Acteón, Aluche, Cartago, Cid Campeador, Ideal, Palacio de la Música, Roxy B). Distribuidora cine: PolyGram/Sogepaq. Distribuidora vídeo: PolyGram. Duración: 120 minutos. Género: Drama. Premios principales: Festival de Berlín 1996: Oso de Plata al mejor actor (Sean Penn), Premio del Jurado Ecuménico (Interfilm y OCIC), Premio de la Asociación Alemana de Cines de Arte y Ensayo, Premio del diario Berliner Morgenpost y Premio de la Gilda Alemana de Teatro Artístico. Nominaciones a los Globos de Oro 1995 al mejor actor dramático, actriz dramática y guión. Premio Indie Spirit del cine independiente USA al mejor actor (Sean Penn). Oscar 1995 a la mejor actriz (Susan Sarandon) y nominaciones al mejor director, actor (Sean Penn) y canción original (Dead Man Walking, compuesta e interpretada por Bruce Springsteen). Premio David de Donatello 1995 a la mejor actriz extranjera (Susan Sarandon). Premios Alfa y Omega 1996 a la mejor película extranjera, director, actriz, canción original (Dead Man Walking) y valores religiosos. Público apropiado: Jóvenes-adultos. Contenidos específicos: V- X- D-.

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