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Críticas de Cine

Mar07172018

Last updateLun, 16 Jul 2018 2am

Simone

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Simone es la tercera película del director y guionista neozelandés Andrew Niccol. En 1997 escribió y dirigió Gattaca, centrada en el problema de la eugenesia. El film era un grito de libertad en medio de la abrumadora ola de genetismo prometeico que ya entonces empezaba a venírsenos encima y que ahora ha crecido aún más si cabe. Gattaca optó a un Oscar por su dirección artística y acaparó diversos premios europeos y norteameri-canos. En 1998 vio la luz El Show de Truman, escrita y producida por Niccol, y por la que fue candidato al Oscar por su excelente guión. Ese film fue otra declaración de libertad frente al mundo occidental previo al 11-S, un mundo de falsa seguridad, en el que sólo se nos pide ser buenos ciudadanos y todo lo demás "se nos dará por añadidura" desde el Poder. Finalmente, ahora Niccol ha producido, dirigido y escrito Simone, una cinta que no está a la altura de las precedentes, pero que no por ello carece de interés, ya que las tres películas tienen en común unos planteamientos antropológicos interesantes.

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Shrek 2

Shrek 2

Desde que inició su andadura en 1994, DreamWorks Animation sólo ha acertado plenamente con Shrek y con Chicken Run: Evasión en la granja, pues Antz (Hormigaz) y El príncipe de Egipto sólo gozaron de un éxito relativo, y La ruta hacia El Dorado y Spirit, el corcel indomable fueron unos sonados fracasos. Mientras el nuevo largometraje de animación con plastilina de los Estudios Aarman sigue en fase de producción, se ha estrenado ya Shrek 2, la nueva aventura de los personajes creados por el desaparecido William Steig. La película está gozando de un exitazo de taquilla en todo el mundo, que la ha convertido en el largometraje de animación más taquillero de la historia. Sin embargo, su concreta calidad artística y antropológica no justifica ese entusiasmo.

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Silencio roto

Silencio roto

El famoso director Montxo Armendáriz (Tasio, Secretos del corazón) dirige su última película, Silencio roto, que es un enardecido homenaje a los maquis, guerrilleros antifranquistas que siguieron la contienda civil a su montaraz manera hasta muchos años después del fin de la guerra en 1939. Se trata de un intento de memoria histórica loable, pero no exento de defectos y cojeras ideológicas. Con una puesta en escena sobria y punzante —al estilo acostumbrado de su director— pero con un guión bastante escolar y algo chatito, el cineasta navarro vuelve al tema de nuestra postguerra con el deseo de "cubrir lagunas" historio-cinematográficas, como hizo Ken Loach con Tierra y libertad. Los héroes de este film son los maquis, que entre curas y dirigentes del Movimiento, segaron un millar de vidas en la década de los cuarenta. El protagonista, Manuel (Juan Diego Botto), es un jovencito idealista que se echa al monte "para cambiar el mundo". Su novia, Lucía (Lucía Jiménez), le apoya y ayuda desde una aldea vasco-navarra sometida al yugo cruel y despiadado de una Guardia Civil inmisericorde. Muertos de un lado y del otro se suceden en la película como si llovieran en el angosto espacio de un callejón sin salida. La gente del pueblo, especialmente retratada en la actitud de Teresa (Mercedes Sampietro), opta —en principio— por ver, oír y callar. El miedo mortal y el deseo de vivir en paz mantiene a los habitantes en una ambigüedad permanente entre delatores y acusadores de un bando y de otro.

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Smoking room

Smoking room

Julio Wallovits, publicista argentino, y Roger Gual, diseñador gráfico catalán, hacen su debut en el cine con Smoking Room. Y maravilla lo que puede hacer una mente creativa con poco dinero. Una cámara de vídeo al hombro, una oficina prestada y unos actores que no han cobrado por su trabajo dan como resultado un fascinante largometraje que respira verdad y humanidad por los cuatro costados. El mérito está en un guión sólido como pocos: diálogos auténticos que cuentan historias verídicas, entrañables, desgarradoras; diálogos que sostienen una historia en que se ve fluir la vida misma, llena de naderías importantes para las personas de carne y hueso. Esos duros diálogos son dichos por media docena de actores de una pieza, que bordan los personajes que encarnan. Vale la pena la película sólo por sus interpretaciones, todas ellas premiadas en el Festival de Málaga 2002, donde el film también ganó el Premio Especial del Jurado.

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Simple Men

Simple Men

El cineasta independiente norteamericano Hal Hartley (Trust) demuestra en Simple Men que no es necesario un gran despliegue de medios para realizar un film vigoroso. Así, utiliza a unos actores desconocidos pero magníficos en la composición sobria de sus personajes.

Bill (Robert Burke) y Dennis (Bill Sage) son hermanos. El primero es un ladrón, rudo y aparentemente desenvuelto; el otro, un tímido estudiante. Ambos se unen para encontrar a su padre, figura legendaria del béisbol, acusado en la actualidad de haber cometido un atentado contra el Pentágono.

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