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Críticas de Cine

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Last updateLun, 24 Jun 2019 2am

Sin miedo a la vida

Fearless

Un maizal. Un hombre con un bebé en brazos. Detrás un niño le sigue. Hay algo de humo. La escena tiene algo de irreal. ¿Qué sucede? El hombre sale del campo, y empieza a vislumbrarse que un accidente ha tenido lugar. Finalmente los restos de un avión destrozado indican lo ocurrido. Con una brillante apertura, el australiano Peter Weir inicia su film acerca de las secuelas psicológicas que una catástrofe aérea produce en una serie de personas. Y se centra en dos: Max Klein, que tiene un comportamiento ejemplar durante el accidente, al salvar a varios pasajeros, pero que acarrea consigo un extraño complejo de superioridad; y Carla Rodrigo, que perdió a su bebé en la tragedia, y se encuentra sumida en una profunda depresión. La historia se basa en una novela de Rafael Yglesias, responsable también del guión.

Sin miedo a la vida es una película original y arriesgada, que se desmarca del típico film de cataclismo. Apuesta por meterse en sus personajes, por mostrar su drama interior. Y así el accidente se utiliza de un modo poco convencional. Es una especie de memoria omnipresente en Max y Carla, cuyos fragmentos se reparten a lo largo de la historia para vertebrarla. Pese a todo no faltan los altibajos en la narración. No conozco a muchos supervivientes de tragedias aéreas, pero me resulta difícil creer que salgan de ellas como Max, a pesar de la buena actuación de Jeff Bridges. Parece creerse un semidios, que al haber vencido a la muerte ya no teme a nada. Más cercano es el drama de Carla, quien se ha venido abajo ante lo incomprensible; Rosie Pérez imprime a su personaje una gran dosis de convicción. A los actores principales se añade un buen elenco de secundarios, entre ellos John Turturro, que protagoniza como psiquiatra con Pérez una de las secuencias más electrizantes del film: la sesión de terapia con un grupo de supervivientes.

Weir parece haber tomado gusto al retrato de familias en descomposición. Los problemas de los Klein y los Rodrigo continúan una tradición reflejada en Unico testigo, La costa de los mosquitos y El club de los poetas muertos. Está lograda la descripción del desconcierto de Laura, la mujer de Max, y de su lucha por superar la crisis familiar. Más matices necesitaba el personaje de Manny, marido de Carla, más interesado en la indemnización por la muerte del bebé que por su mujer. A la actitud de ser superior de Max se quiere dar un aire místico, con tratamiento parecido al del protagonista de Encuentros en la tercera fase, que también conocía la ruptura de su hogar ante su obsesión por los extraterrestres. Seguramente no es coincidencia que Allen Daviau, director de fotografía habitual de Spielberg, asuma aquí esta función y recurra, casi al final, a una fotografía de luz deslumbrante en la que se recorta la figura de Max, al estilo de Encuentros... Aun así se aprecian limitaciones en Weir a la hora de retratar lo espiritual, quizá porque no sabe aprehender esa realidad. Esto se hace patente en el personaje católico de Carla, en la que su supuesta honda religiosidad no está tan clara. Weir parece además inclinarse por pensar que las personas, más que Dios, son las que ayudan a superar los problemas. J.M.A.

Director: Peter Weir. Intérpretes: Jeff Bridges (Max Klein), Rosie Pérez (Carla Rodrigo), Isabella Rossellini (Laura Klein), John Turturro (Dr. Bill Perlman), Tom Hulce (Brillstein), Benicio del Toro (Manny Rodrigo). País: Estados Unidos. Año: 1993. Productor: Paula Weinstein y Mark Rosenberg, para Spring Creek y Warner Bros. Argumento: Basado en la novela homónima de Rafael Yglesias. Guión: Rafael Yglesias. Música: Maurice Jarre. Fotografía: Allen Daviau. Dirección artística: John Stoddart. Montaje: William Anderson. Estreno en Madrid: 6-V-94 (Aluche, Excelsior, Palacio de la Música, Tívoli). Distribuidora cine: Warner. Distribuidora vídeo: Warner. Duración: 119 minutos. Género: Drama. Premios principales: Mención especial a Rosie Pérez en la Berlinade de 1994. Público apropiado: Jóvenes-adultos. Contenidos específicos: D–.

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