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Críticas de Cine

Mar01162018

Last updateMar, 16 Ene 2018 1am

La vida es bella

La vita è bella

¿Cómo es posible que una comedia tenga como escenario un campo de concentración?; esta fue la primera reacción cuando, en el Festival de Cannes de 1998, Roberto Benigni (conocido internacionalmente hasta entonces como actor en Bajo el peso de la ley y Noche en la tierra de Jim Jarmusch) presentó La vita è bella. Estaba por ver cómo iban a acoger la película las organizaciones judías. Una vez que estas la consideraron «políticamente correcta», Benigni pudo iniciar su marcha triunfal: obtuvo más de treinta galardones internacionales, desde el Gran Premio del Jurado en Cannes hasta tres Oscars (ninguna película de lengua no inglesa lo había conseguido hasta entonces), correspondientes a: película de habla no inglesa, actor (Roberto Benigni) y banda sonora.

Buscando puntos de referencia, se ha comparado La vida es bella con El gran dictador de Chaplin y con Ser o no ser de Ernst Lubitsch, los dos clásicos que criticaron el régimen nazi en clave de comedia. Sin embargo, hay una diferencia esencial: en contraposición a Chaplin y Lubitsch, Benigni conocía la realidad del holocausto. ¿es lícito buscar una luz en un lugar tan inhumano? Poner una chispa de humor, ¿equivale necesariamente a «jugar con el holocausto»? La cuestión no es absolutamente nueva, como demuestra «Sorstalansság», la novela autobiográfica de Imre Kertész sobre su estancia en los campos de concentración, que la crítica ha calificado de una de las obras literarias más importantes del siglo xx. Kertész, judío húngaro, fue deportado a los catorce años de edad a Auschwitz, de donde pasó al campo de Buchenwald; aquí vivió cerca de un año, hasta la liberación al final de la guerra. Publicó su autobiografía novelada en 1975, pero las circunstancias políticas del momento le impidieron darse a conocer fuera de su país; la segunda edición –aparecida a mediados de los noventa y potenciada por el hecho de que en 1999 Hungría fue el país invitado a la Feria del Libro de Francfort– despertó un amplio eco internacional. Kertész narra sus experiencias –incluyendo, por supuesto, su conocimiento de los crematorios y de las cámaras de gas– con los ojos ingenuos de un adolescente que está viviendo una especie de aventura, sin el tono moralizante ni las categorías habituales en esta materia. Y finaliza con las siguientes palabras: «Incluso allí, al lado de las chimeneas, entre los suplicios, había algo parecido a la felicidad. Todos me preguntan por las maldades, por las "atrocidades", aunque para mí esa experiencia es precisamente la más insólita. Sí: les tendría que hablar de la felicidad en los campos de concentración, la próxima vez que me pregunten. Si es que me preguntan. Y si yo mismo no lo he olvidado».

Esta afirmación es más radical, más provocadora que los chistes visuales de Benigni. Aunque su filme se desarrolla durante una hora en una especie de campo de concentración, donde Guido (Roberto Benigni) se esfuerza por hacer creer a su hijo de cinco años Giosuè (magníficamente interpretado por Giorgio Cantarini), que se trata de un juego, de ganar un tanque de verdad, para el espectador ese «campo de concentración» es siempre reconocible como escenario. Tanto la historia como el decorado no permiten duda alguna: lo que estamos viendo no es la realidad de un campo de concentración, sino ficción pura. Benigni no «juega con el holocausto», porque no le interesa –a diferencia de Kertész– describir la vida en Auschwitz o Buchenwald; el tema de la película no es el Holocausto ni el régimen nazi, sino el cariño de un padre por su hijo, que le lleva a representar esa parodia, a inventarse historias absolutamente inverosímiles para que su hijo siga creyendo que la vida es bella... y el amor de Dora (Nicoletta Braschi), quien, sin ser judía, sigue a su marido y a su hijo voluntariamente al campo de concentración. En este sentido, la película posee una profunda humanidad que le acerca a ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946); incluso cabe preguntarse si el parecido del título es mera coincidencia.

Probablemente, la primera hora –en la que se narra la «prehistoria», es decir cómo Guido conoce a la maestra Dora, una historia llena de golpes de humor al estilo slapstick y de mil peripecias hasta que consigue casarse con ella– se hará demasiado larga a quienes no sean aficionados a este tipo de humor bastante histriónico, al modo de Stan Laurel y Oliver Hardy. No, La vida es bella no tiene la fina ironía ni alcanza el nivel fílmico de El gran dictador de Chaplin o de Ser o no ser de Lubitsch, ni tampoco resiste la comparación, desde el punto de vista artístico, con el cine italiano actual de un Gianni Amelio (Niños robados, Lamerica) o de Nanni Moretti (Querido Diario), cosa que –a la vista del diluvio de premios– sí que habría cabido esperar. Con todo, La vita è bella es realmente digna de verse. No es la gran obra de arte que hace creer el elevado número de premios –en los que los motivos de political correctness desempeñan un papel decisivo–, pero sí un alegato en favor de la inocencia infantil y de la familia, y una de las más bellas historias de amor –que no novela rosa– de la historia del cine. J.G.

Director: Roberto Benigni. Intérpretes: Roberto Benigni, Nicoletta Braschi, Giorgio Cantarini, Giustino Durano, Horst Bucholz, Sergio Bustric y Marisa Paredes. País: Italia. Año: 1998. Producción: Melampo Cinematografica. Distribución: Lauren. Guión: Vincenzo Cerami y Roberto Benigni. Fotografía: Tonino Delli Colli. Música: Nicola Piovani. Fecha de estreno en España: 26.II.99. Duración: 112 minutos. Género: Drama. Público apropiado: Jóvenes. Contenidos específicos: –.

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