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Críticas de Cine

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Last updateLun, 18 Dic 2017 1am

Kundun

Kundun

Sigue la moda del budismo, y nada menos que de la mano de Martin Scorsese, para muchos, uno de los grandes cineastas de las últimas décadas. Como ya hiciera en La última tentación de Cristo o en La edad de la inocencia, el director italoamericano abandona momentáneamente el tono hiperrealista y ácido de sus habituales radiografías de la sociedad norteamericana moderna —Malas calles, Taxi Driver, Toro salvaje, El color del dinero, Uno de los nuestros, Casino...—, para buscar respuestas a su angustia en otros tiempos y lugares, y con una disposición menos escéptica y desencantada. Así, con esperanzado afán de respuestas, afronta en Kundun la densa biografía de Tenzin Gyatso, el actual Dalai Lama, desde su singular infancia —marcada por su temprana designación en 1937 como la decimocuarta reencarnación del Buda de la Compasión— hasta su exilio a la India en 1959, después de soportar durante nueve años la invasión del Tíbet por la China de Mao.

Las interpretaciones son buenas, a pesar de que todos los actores son no profesionales; visualmente, la película es bellísima, y ofrece una fotografía, una ambientación y un vestuario de primera categoría; por su parte, la inquietante banda sonora de Philip Glass le aporta un elemento de hipnótica fascinación. Sin embargo, todo este preciosista esplendor visual y sonoro no disimula una notable premiosidad narrativa —que llena el metraje de fuertes altibajos— y una gran blandura dramática, sorprendente en un director duro como Scorsese. En realidad, y al igual que le pasó a Bernardo Bertolucci en Pequeño Buda, Scorsese sacrifica su proverbial rigor narrativo y dramático en aras de una poco matizada apología del budismo, realizada con un estilo efectista, entre onírico y documental, y con un cargante tono discursivo-meditativo, a menudo difícil de soportar.

Gran parte de la culpa de estos graves defectos es del guión de Melissa Mathison, la prestigiosa autora de E.T. Por un lado, su opción de narrar la historia desde la perspectiva del propio Dalai Lama le acaba por imponer un desarrollo más reflexivo que narrativo, que fragmenta la trama en cientos de leves anécdotas dispersas, como si de un meticuloso, críptico y efímero mandala (tapiz) de arena se tratara. De este modo, la elíptica y deshilvanada evolución dramática del Dalai Lama resulta insustancial, lo que hace de él un personaje impreciso y distante, prácticamente incapaz de conmover al espectador, aunque haga honor a su dignidad de kundun, esto es, de «océano de sabiduría».

Esta innacesibilidad se agranda todavía más por el tono hagiográfico de la película. Ciertamente, se aprecian los esfuerzos para no caer en la visión idílica del budismo que ofrecen otros films. Y así, en Kundun se muestra el atraso cultural del pueblo tibetano, la corrupción y ambición de algunos dirigentes que intentan un golpe de Estado, la existencia de ladrones y prisiones en la propia ciudad sagrada de Lhasa, el surgimiento de un movimiento armado nacionalista en el mitificado paraíso de la no violencia... Pero todo esto sólo toca de refilón al inconmovible y pétreo Dalai Lama, que únicamente muestra cierta debilidad —cierta humanidad— en el fugaz episodio de la muerte de su padre y en su ingenua transigencia inicial con Mao Zedong, epidodio este último que se inicia con una aparente reivindicación de las virtudes del socialismo y acaba en una ridícula y torpe caricatura de Mao, impropia de un director de la calidad de Scorsese.

Esta misma indefinición afecta a otros elementos de fondo. En numerosas entrevistas, Scorsese ha señalado que él sigue considerándose católico, y que no se ha convertido al budismo, del que le atrae, sin embargo, sus ideas sobre la compasión y la tolerancia. Fiel a esta declaración, Scorsese articula a lo largo de la película una elogiable alabanza de la solidaridad y del perdón, que incluye ciertas reflexiones interesantes sobre el valor redentor de la expiación de las propias culpas, uno de los temas recurrentes del director italoamericano. Sin embargo, todas estas sugestivas ideas se edifican en el aire, desde el momento en que Mathison y Scorsese asumen sin reservas la confusa doctrina budista sobre la reencarnación de las almas; pues dicha doctrina conduce a un inevitable determinismo, que imposibilita un adecuado entendimiento de la libertad humana y, por tanto, del verdadero sentido del pecado y del arrepentimiento. Por otro lado, esto deja ver de paso la insustancialidad de la respuesta budista al sufrimiento humano, sobre todo al sufrimiento moral.

Desde luego, la exaltación que hace Scorsese de «la no violencia como la única revolución posible» habría ganado muchos enteros con una visión más profunda y crítica, y menos incondicional, de la vida y la doctrina del líder espiritual y político del Tíbet. J.J.M.

Director: Martin Scorsese. Intérpretes: Tenzin Yeshi Paichang (Dalai Lama a los 2 años), Tulku Jamyang Kunga (Dalai Lama a los 5 años), Gyurme Tethong (Dalai Lama a los 12 años), Tenzin Thuthob Tsarong (Dalai Lama de adulto), Tencho Gyalpo (Madre del Dalai Lama), Tsewang Migyur Khagsar (Padre del Dalai Lama), Lobsang Samten (Guardián del Dalai Lama), Sonam Phuntsok (Reting Rinpoche), Tsewang Jigme Tsarong (Taktra Rinpoche), Gyatso Lukhang (Lord Chamberlain), Tenzin Trinley (Ling Rinpoche). País: Estados Unidos. Año: 1997. Producción: Barbara de Fine, para Cappa/De Fina. Presentada por: Canal + Image International. Argumento: La historia real del decimocuarto Dalai Lama. Guión: Melissa Mathison. Música: Philip Glass. B.S.O.: Nonesuch/Warner. Fotografía: Roger Deakins. Dirección artística y vestuario: Dante Ferreti. Montaje: Thelma Schoonmaker. Estreno en Madrid: 5-VI-98. Distribuidora cine: Lauren Films. Distribuidora vídeo: Lauren Films. Duración: 134 minutos. Género: Drama histórico-religioso. Premios principales: Premios 1997 de la Crítica Nacional, de Boston y de Nueva York a la mejor fotografía. Premio 1997 a la mejor banda sonora original de la Asociación de Críticos de Los Ángeles. Nominación al Globo de Oro 1997 a la mejor banda sonora. Nominaciones a los Oscar 1997 a la mejor fotografía, dirección artística, vestuario y banda sonora dramática. Público apropiado: Jóvenes. Contenidos específicos: V.

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